Estamos a unos días de la Navidad, estupendo momento para traer al blog un texto del genial Chesterton, escritor y polemista británico que se convirtió, sobre LA FAMILIA. Está extraído de su libro HEREJES. Y ya de paso, conoceremos algunos textos de la Iglesia que nos explican porqué hay que defender la familia a capa y espada. 

 

 

Igual nos resulta un poco áspera si no conocemos la manera de escribir de Chesterton, pero estamos seguros de que dedicándole un momento de tranquilidad, le podremos sacar mucho jugo…

La institución de la familia ha de ser elogiada exactamente por los mismos motivos por lo que lo es la institución de la nación, la institución de la ciudad. Para la persona es bueno vivir en familia por la misma razón por la que le es bueno vivir sitiado en una ciudad. Para la persona es bueno vivir en familia por la misma razón por la que le resulta hermoso y agradable encontrarse atrapado por la nieve en la calle. Todas esas cosas le obligan a darse cuenta de que la vida no es algo que provenga del exterior, sino que proviene del interior. Sobre todo, son razones que inciden en el hecho de que la vida, si es una vida fascinante, estimulante, es algo que, por naturaleza, existe a pesar de nosotros mismos.


 

Los escritores modernos que han sugerido, de un modo más o menos abierto, que la familia es una institución perniciosa, se han limitado a sugerir, por lo general, con bastante dureza, acritud y amargura, que tal vez la familia no siempre resulte muy propicia. Cuando lo cierto es que la familia resulta una buena institución precisamente por no ser propicia. Es precisamente por contener tantas diferencias y variedades por lo que resulta tan completa. Es, como dicen los sentimentales, como un pequeño reino y, como casi todos los reinos pequeños, se halla generalmente en un estado parecido a la anarquía. Precisamente porque a nuestro hermano George no le interesan nuestras dificultades religiosas sino el restaurante Trocadero, es por lo que la familia posee las características vigorizantes de una mancomunidad. Es precisamente porque el tío Henry no aprueba las aspiraciones teatrales de nuestra prima Sarah por lo que la familia es como la humanidad. Los hombres y mujeres que, por buenos y malos motivos, se rebelan contra la familia, se están rebelando simplemente, por buenos y malos motivos, contra la humanidad. Nuestro hermano menor es malo, como la humanidad. Nuestro abuelo es tonto, como el mundo. Es viejo, como el mundo. Los que desean, con razón o sin ella, apartarse de todo eso, desean sin duda entrar en un mundo más pequeño. La inmensidad y la variedad de la familia les alarma y les aterroriza. Sarah desea hallar un mundo que esté formado en su totalidad por obras teatrales; George desea pensar que el Trocadero es el cosmos. No digo en absoluto que la huida a ese mundo más pequeño no pueda ser lo conveniente para el individuo, del mismo modo que puede serlo la huida a un monasterio. Pero lo que sí digo es que cualquier cosa que haga a esas personas creer, erróneamente, que el mundo al que acceden es en realidad más grande y más variado que el suyo, será negativa y artificial. El mejor modo que tiene un hombre de poner a prueba su disposición a hallar la variedad corriente de la humanidad es bajar por una chimenea escogida al azar y tratar de llevarse lo mejor posible con las personas que encuentre en el interior de la casa. Y eso es, en esencia, lo que todos nosotros hicimos el día en que vinimos al mundo.

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Atención, que llega la parte más bonita…

Esa es, en efecto, la sublime y especial novela de caballerías de la familia. Es romántica, porque se trata de algo impredecible. Es romántica, porque es todo lo que sus enemigos le atribuyen. Es romántica, porque es arbitraria. Es romántica, porque está allí. Mientras tengamos a grupos de hombres escogidos racionalmente, tendremos un cierto ambiente especial, o sectario. Es cuando tenemos a grupos de hombres escogidos irracionalmente cuando tenemos hombres. El elemento de aventura empieza a existir, pues una aventura es, por naturaleza, algo que viene a nosotros. Es algo que nos escoge a nosotros, y no algo que escojamos nosotros. Enamorarse se ha entendido a menudo como la aventura suprema, el accidente romántico supremo. Y es cierto, en el sentido de que en el enamoramiento hay algo externo a nosotros mismos, algo que es una especie de fatalismo alegre. El amor nos toma, nos transfigura y nos tortura. Rompe nuestros corazones con una belleza insoportable, insoportable como la belleza de la música. Pero en el sentido de que nosotros, claro está, tenemos algo que ver con el asunto; en el sentido de que estamos, de algún modo, preparados para enamorarnos, y en cierto modo, nos lanzamos a amar; en el sentido de que, hasta cierto punto, escogemos e incluso juzgamos; en todos esos sentidos enamorarnos no es verdaderamente romántico, no es en absoluto una aventura. En este sentido, la aventura suprema no es enamorarse. La aventura suprema es nacer. Al hacerlo, entramos de pronto en una trampa espléndida y desconcertante. Al hacerlo, vemos algo con lo que no habíamos soñado. Nuestros padres están ahí, al acecho, y se lanzan sobre nosotros, como bandoleros ocultos tras unos arbustos. Nuestro tío es una sorpresa. Nuestra tía surge de la nada. Cuando, mediante el acto de nacer, entramos en la familia, entramos en un mundo incalculable, en un mundo que cuenta con sus propias leyes, en un mundo que podría seguir existiendo sin nosotros, en un mundo que no hemos construido nosotros. En otras palabras, cuando entramos en la familia, lo hacemos en un cuento de hadas.

Maravilloso, no me digáis que no, y perfecto en este tiempo de juntarnos con la familia.


 

La Constitución Pastoral del Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, de 1965, dice:

El bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar. Por eso los cristianos, junto con todos lo que tienen en gran estima a esta comunidad, se alegran sinceramente de los varios medios que permiten hoy a los hombres avanzar en el fomento de esta comunidad de amor y en el respeto a la vida y que ayudan a los esposos y padres en el cumplimiento de su excelsa misión; de ellos esperan, además, los mejores resultados y se afanan por promoverlos. (47)

La familia es escuela del más rico humanismo. Para que pueda lograr la plenitud de su vida y misión se requieren un clima de benévola comunicación y unión de propósitos entre los cónyuges y una cuidadosa cooperación de los padres en la educación de los hijos. La activa presencia del padre contribuye sobremanera a la formación de los hijos; pero también debe asegurarse el cuidado de la madre en el hogar, que necesitan principalmente los niños menores, sin dejar por eso a un lado la legítima promoción social de la mujer. La educación de los hijos ha de ser tal, que al llegar a la edad adulta puedan, con pleno sentido de la responsabilidad, seguir la vocación, aun la sagrada, y escoger estado de vida; y si éste es el matrimonio, puedan fundar una familia propia en condiciones morales, sociales y económicas adecuadas. Es propio de los padres o de los tutores guiar a los jóvenes con prudentes consejos, que ellos deben oír con gusto, al tratar de fundar una familia, evitando, sin embargo, toda coacción directa o indirecta que les lleve a casarse o a elegir determinada persona.

Así, la familia, en la que distintas generaciones coinciden y se ayudan mutuamente a lograr una mayor sabiduría y a armonizar los derechos de las personas con las demás exigencias de la vida social, constituye el fundamente de la sociedad. Por ello todos los que influyen en las comunidades y grupos sociales deben contribuir eficazmente al progreso del matrimonio y de la familia. El poder civil ha de considerar obligación suya sagrada reconocer la verdadera naturaleza del matrimonio y de la familia, protegerla y ayudarla, asegurar la moralidad pública y favorecer la prosperidad doméstica. Hay que salvaguardar el derecho de los padres a procrear y a educar en el seno de la familia a sus hijos. Se debe proteger con legislación adecuada y diversas instituciones y ayudar de forma suficiente a aquellos que desgraciadamente carecen del bien de una familia propia.

Los cristianos, rescatando el tiempo presente y distinguiendo lo eterno de lo pasajero, promuevan con diligencia los bienes del matrimonio y de la familia así con el testimonio de la propia vida como con la acción concorde con los hombres de buena voluntad, y de esta forma, suprimidas las dificultades, satisfarán las necesidades de la familia y las ventajas adecuadas a los nuevos tiempos. Para obtener este fin ayudarán mucho el sentido cristiano de los fieles, la recta conciencia moral de los hombres y la sabiduría y competencia de las personas versadas en las ciencias sagradas. (52)

 

Esperamos que estos textos nos ayuden a encontrar el verdadero sentido de la familia, y que en este tiempo de Navidad, en el que el Hijo de Dios se hace hombre, nos haga más y mejor familia.

¡Feliz Navidad!

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