En esta entrada empezamos con nuestro segundo nivel de reflexión: Principios y criterios de juicio para afrontar la realidad del capitalismo. Discernimiento de la realidad con la DSI, con los materiales del Cuadernillo de Cristianismo y Justicia LA REVOLUCIÓN DE CADA DÍA CRISTIANISMO, CAPITALISMO Y POSMODERNIDAD de Joan Carrera i Carrera.

En este apartado intentaremos mostrar qué puede aportar la reflexión de la ética cristiana en el mundo actual y qué puede aportar ésta al mismo cristianismo y redescubrir y vivir a fondo estos rasgos. En otras palabras, ver qué rasgos de nuestra fe pueden ayudar a humanizar nuestro mundo.

2. HUMANIZAR EL MUNDO ACTUAL. APORTACIONES DESDE LA ÉTICA CRISTIANA

Por descontado, otras tradiciones religiosas y no religiosas también los pueden aportar, ya que estos rasgos, a pesar de ser fundamentales para el cristianismo (formarían parte de aquello más nuclear de la ética que nos presentan los Evangelios), no son exclusivos de este. También otras tradiciones recogen algunos de estos rasgos y a veces han sido vividos de forma más plena que por los mismos cristianos.

2.1. La dimensión comunitaria

La sociedad europea se ha convertido en la máxima expresión del individualismo egocéntrico. Un individuo cada vez más aislado, centrado en la realización personal asociada al bienestar emocional, que ha perdido el sentido comunitario, que ha dejado de implicarse y de interesarse por la res publica dejándola en manos de los profesionales de la política, y que reduce la dimensión comunitaria a la más mínima expresión (familia, pareja, hijos, amigos…). La consecuencia de esto ha sido el agravamiento del atomismo social que es visto cada vez más como una de las raíces de las muchas patologíassociales.

El cristianismo puede ayudar a recuperar un cierto sentido de comunidad, una armonía más grande entre la necesaria valoración del individuo y el sentido comunitario que lo conduce a la solidaridad y al compromiso, más allá del propio grupo familiar y cultural. La persona como ser individual y social a la vez. El proyecto de Jesús se presenta así como universal y como compatible con diversidad de formas culturales, al considerar a toda persona como digna, de tal manera que postula la fraternidad universal, en términos de comunión (= unión común). Otras tradiciones, como la budista, han hablando de lo mismo utilizando otras palabras como compasión universal o interdependencia. Palabras o conceptos que se encuentran en la base de la reivindicación de una mundialización más justa. Hay que decir que, por desgracia, el sentido de comunidad también se ha visto devaluado dentro de la propia comunidad cristiana, sobre todo en Occidente, potenciando una relación con Dios de carácter mucho más individual. La caída de la práctica celebrativa de los sacramentos ha sido uno de los signos, si bien no el único.

2.2. La vida como don

Vivir la vida como posibilidad de ser apreciada como don, como regalo y no sólo como una construcción personal. Así podemos aprender a apreciar la dimensión gratuita de las relaciones humanas y de toda la propia vida. Descubrir que a menudo somos, porque alguien nos ha amado cuando éramos débiles, sin esperar nada a cambio. No todo en la vida es contrato o relación basada en el interés por obtener algo. A menudo, en nuestra sociedad surge la necesidad de remarcar aspectos claramente de gratuidad, uno de los ejemplos más extendidos es el voluntariado, pero sería bueno que esta gratuidad también estuviera presente en ámbitos que se rigen por alguna forma de contrato. Pienso en el trabajo, y también en el propio ocio que progresivamente se ha mercantilizado, hasta el punto de estar en una especie de relación funcional con el trabajo. El ocio se ha convertido en una preparación, o en un simple reposo, que permite seguir trabajando más. Deberíamosrecuperar el ocio como momento para las relaciones gratuitas con los demás y en las que el tiempo deja de tener un carácter puramente económico para ser un tiempo lúdico, un tiempo que no sirve para nada en términos productivos. La entrada de la dimensión de la gratuidad dentro de las mismas relaciones contractuales daría a éstas una calidad diferente, las haría más humanas y quizás haría que nos diéramos cuenta de que sin determinados valores (que pertenecen más a la esfera de la gratuidad) estas relaciones contractuales acaban por deteriorarse o perderse. No cabe duda de que la confianza, el compartir la idea de bien común… no van en detrimento del contrato, sino que lo refuerzan.

2.3. La capacidad de discernimiento

El cristianismo debería ayudar a fomentar nuestra capacidad de discernimiento, en un mundo en el que la persona tiene que optar constantemente por construir 10 su vida. Este discernimiento supone la capacidad de interioridad, de silencio y de calma que permita hacer las elecciones desde el yo interior, desde aquello en lo que uno se quiere convertir y no sólo desde los condicionantes, o desde las puras ilusiones. La sociología actual habla de la creciente debilidad de las llamadasinstituciones-guía que en otras épocas marcaban las elecciones de las personas: familia, clase social, escuela, religión… Esto es cierto, pero al mismo tiempo han aparecido otros condicionamientos más sutiles, como las fuerzas del mercado que marcan nuestra vida más de lo que creemos, y que incorporamos a veces sin darnos cuenta. Este hecho comporta que se note menos su influencia, ya que da la impresión de que ha sido uno mismo quien ha optado y los ha incorporado en base a una elección. Sin embargo, se trata de una ilusión de libertad. Elegimos nuestras compras, cómo nos vestimos, qué ordenador o móvil tenemos, pero en el fondo estas preferencias han sido inducidas dentro de un determinado ámbito social.

Vivir una vida desde el yo que discierne supone no dejarse llevar por las constantes solicitudes de nuestro ambiente, por los ruidos que distraen… Aprender a cultivar un yo más libre que escucha, que es más consciente de sus afecciones (de aquello a lo que está aferrado). Hay muchas prácticas que ayudan a cultivar el yo, y de hecho las tradicionales prácticas ascéticas religiosas no hacían otra cosa que entrenar para ganar libertad ante las cosas. Vivir la vida desde uno mismo supone conocer las propias afecciones desordenadas, para alinearlas (ordenarlas) en la dirección de lo que queremos llegar a ser. También la práctica de la meditación, entendida sólo como concentración, prepara la conciencia humana para poder elegir en un ambiente en el que hay un exceso de estímulos, y en el que la información se presenta a menudo de forma muy fragmentada.

En el cristianismo, Jesús se presenta como modelo de máximo desprendimiento de sí mismo, de un «yo» plenamente libre, no aferrado a las cosas materiales, ni tampoco a la propia religión judía como era vivida en su época. Un «yo» que es modelo de escucha y de capacidad de discernimiento. La ética cristiana, como reflexión sobre la acción humana desde el mismo espíritu de Jesús, se presenta como abierta a este Espíritu cuando sólo ofrece grandes principios orientadores pero deja al discernimiento comunitario y personal la toma de decisiones en cada situación concreta, en medio de un mundo complejo y en el que continuamente se producen conflictos de valores. La ética cristiana ofrece un camino entre las «éticasfundamentalistas» que ofrecen seguridad al simplificar la realidad, marcando de manera estrecha la conducta de las personas, y las «éticas emotivistas» que nos dicen que el comportamiento tiene que guiarse por el puro sentimiento aunque éste sea fragmentario y huidizo. Ni las unas ni las otras pueden ofrecer ayuda a las personas en el discernimiento. Ni las unas ni las otras aportan la solución a los problemas comunes y complejos que sufrimos como humanidad, sobre todo soluciones que no respondan al privilegio de unos cuantos.

2.4. El factor esperanza

La ética cristiana contiene un factor esperanza. La fe cristiana supone que la plenificación será posible y que los pequeños pasos hacia un proyecto solidario no son inútiles, no se pierden, aunque a corto plazo no se vean los resultados. Una esperanza que no es ingenua pero que es suficientemente fuerte para romper el desánimo del «no hay nada que hacer». Los grandes sistemas ideológicos acostumbran a privilegiar determinados colectivos, presentándose como las únicas soluciones de los problemas y dando recetas creíbles pero sesgadas. En el pasado estas ideologías no han ahorrado la violencia y la represión para imponerse a aquellos que se negaban a seguirlas. Hoy en día, y sobre todo en las sociedades democráticas, estas ideologías han abandonado las formas violentas pero a menudo se presentan como hegemónicas, extendiendo la sensación de que no hay otras opciones. También usan el miedo, el miedo a todo cambio que no provenga de ellas mismas. La esperanza o la utopía son un buen antídoto contra determinadas ideologías y contra el miedo, haciendo posible imaginar que las cosas pueden ser de otra forma y posibilitando el cambio social real.

 

 

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