En esta entrada terminamos con nuestro segundo nivel de reflexión: Principios y criterios de juicio para afrontar la realidad del capitalismo. Discernimiento de la realidad con la DSI, con los materiales del Cuadernillo de Cristianismo y Justicia LA REVOLUCIÓN DE CADA DÍA CRISTIANISMO, CAPITALISMO Y POSMODERNIDAD de Joan Carrera i Carrera.

2.5. La participación en el bien común

Nuestra sociedad occidental tiene muy interiorizado el valor de la democracia, es decir, la participación de todos a la hora de tomar las decisiones de nuestra sociedad, o al menos a la hora de elegir a aquellos que las tienen que tomar. En toda Europa hay movimientos que reclaman reformas de las democracias para que resulten más plenas. La crisis financiera de 2007 ha mostrado la debilidad del poder político (el que proviene de las urnas) frente al poder econó- mico transnacional (que no proviene de las urnas sino del mercado). Sería largo de enumerar y explicar todas las fórmulas que se proponen para reformar la democracia y las resistencias de parte de los aparatos de los partidos clásicos y de los grandes grupos económicos transnacionales. Pero en resumidas cuentas todo esto ha supuesto un progresivo debilitamiento de la confianza de los ciudadanos en el poder político.

En estos movimientos de reforma es importante la presencia de determinados valores propuestos ya sea por «éticas de los derechos humanos» ya sea por éticas procedentes de las grandes tradiciones religiosas. La base de la democracia real descansa precisamente en estos valores: los derechos básicos de la persona, su dignidad, la igualdad humana, la libertad, el derecho a la participación, la libertad de conciencia y de creencia… Sin estos valores interiorizados, la democracia se tambalea, ya que fácilmente cae en la demagogia. Lo podemos ver cuando la democracia no se fomenta en los niveles más básicos de la política (asociaciones de vecinos, escuelas…) o en aquellos países en los que a pesar de que hay una democracia formal (elecciones cada cierto tiempo) no se da una mínima igualdad de oportunidades, y en los que en la práctica los grupos oligárquicos ostentan todo el poder. Las éticas religiosas, en nuestro mundo, pueden cooperar y animar a las personas en la defensa de estos derechos básicos, ayudando a crear un marco de solidaridad que pueda ser el fundamento de la democracia. A menudo se ha acusado a las tradiciones religiosas de poco compromiso con la democracia, olvidando que también el liberalismo extremo ha dado lugar a un individualismo que ha acabado fracturando nuestras sociedades. Un sistema democrático sólo puede funcionar con una mínima conciencia de comunidad, de proyecto común, en el que las personas asumen deberes ante los demás, y no sólo por obligación legal (lo piden lasleyes),sino que confían en que la cooperación promoverá el bien de todos y de todas, así como la plena realización de las personas. El individualismo extremo sólo conduce a las personas a preocuparse de sí mismas y no de lo que le pasa al vecino, y así empieza el declive de la verdadera democracia.

2.6. El factor profético

La ética cristiana tiene que ser consciente de que propone y vive unos valores que a menudo no son los considerados prioritarios en las sociedades en las que se tiene que desarrollar y poner en práctica, y esto a pesar de que algunas de estas sociedades hayan tenido una matriz cristiana. Vivir en cristiano no resulta fácil en sociedades plurales en las que se necesita un discernimiento constante a la hora de tomar decisiones. Las sociedades plurales, ciertamente, permiten que se puedan vivirsus valores, siempre que se acepte el marco común de convivencia. El disentimiento se expresa mediante la manera de vivir, mostrando en la práctica los valores que rigen la vida,sabiendo que los otros que tienes alrededor pueden tener otras éticas, otras visiones del mundo.

El cristiano puede y ha de ejercer un cierto papel de denuncia cuando cree que el ethos social viola valores que él considera importantes; ahora bien, esta denuncia, como hemos dicho, se expresa mediante la vida o a través del diálogo con quienes piensan diferente. La ventaja, a veces no suficientemente valorada, de las sociedades democráticas es que existen foros en los que se pueden discutir las cuestiones y en los que se puede dar voz a las diferentes opciones éticas presentes en una sociedad. También a menudo los cristianos pueden apelar a los valores ideales de la propia sociedad, formulados en forma de derechos humanos que son compartidos y enunciados pero poco vividos, poniéndose al lado de muchos movimientos sociales críticos. En todas las sociedades, también en las más democráticas, los derechos de las minorías o los derechos de las personas con menos recursos a menudo pueden estar en peligro, en estas situaciones el factor profético y de denuncia deben jugar un papel relevante.

2.7. Una visión positiva de la autoridad

El siglo XX ha sido un siglo en el que el concepto de autoridad ha perdido valor. El totalitarismo de todo tipo y las guerras mundiales lo han debilitado, ya que ha habido mucho abuso por parte de quienes ostentaban el poder. Hay una sospecha generalizada sobre la autoridad como ejercicio del poder por parte de unos cuantos, aunque esté legitimada por unas elecciones periódicas y se ejerza con laslimitaciones propias de un Estado de derecho.

Esta crisis de la autoridad no sólo se ha dado en el ámbito político, sino en todos los otros ámbitos sociales: familia, escuela, Iglesia… La institución eclesial había vivido durante siglos una situación en la que los fieles no discutían la autoridad de los obispos o de los teólogos. Si bien es cierto que cuando el magisterio (el Papa, los obispos, los teólogos…) se pronunciaba sobre cuestiones daba razones (teológicas, racionales…), los fieles se fiaban más de la autoridad de la que emanaban estos pronunciamientos que no de las razones. Hoy en día, y debido a causas muy diversas, algunas fruto de la modernidad, todo esto ha cambiado.

También dentro de la institución eclesial entraron formas poco evangélicas de ejercicio de la autoridad, de tal manera que la ética cristiana tiene que ser muy consciente de aquello que puede aportar y cómo tiene que aportarlo, ya que la simple apelación a la autoridad, cuando ésta se ha ejercido de forma poco evangélica, puede resultar contraproducente. La tentación del poder, de poseer muchos medios o de creer que se tiene la verdad se han dado y se dan dentro de la Iglesia. Es la tentación de aceptarser «rey» para poder imponersu ética, su verdad, y así extender el Reino de Dios. En el cristianismo, la autoridad tiene que estar al servicio de los demás, rebajarse a lavar los pies del prójimo como hizo Jesús. La autoridad de Jesús se mostró en su máximo descendimiento en la Cruz. Esta kénosis eslo que dará y da credibilidad a la Iglesia, es decir, cuando sirve, cuando se hace servidora de los más pobres, de los más necesitados, y no desde el poder sino desde el «poder del no poder». Esta manera de entender la autoridad puede ser la aportación a nuestras sociedades. Y en el interior de la comunidad cristiana podemos recordar unas palabras de B. Haring que encabezan la definición del «magisterio» de la Iglesia recogidas en el Diccionario de Teología Moral: «…El primer magisterio lo ejercen los santos…».

2.8. Recuperar y repensar la Tradición

Otra cuestión que podemos relacionar con el tema de la autoridad es que nuestro mundo se ha «destradicionalizado», es decir, las tradiciones han perdido peso. No es que hayan desaparecido, sino que han dejado de ser permanentes y se han adaptado constantemente, hecho que las ha puesto en crisis, ya que por definición lo que caracteriza a una tradición es su permanencia en el tiempo en forma de repetición. Estas tradiciones ayudaban a las personas a la hora de tomar sus opciones de vida ya que daban seguridad y al mismo tiempo frenaban los cambios sociales. La sociedad industrial y tecnológica ha provocado esta destradicionalización, y esto ha afectado de lleno a las instituciones religiosas que vivían en parte de las tradiciones. Hoy en día tenemos que aprender a vivir en una sociedad en constante cambio, en la que hay que aprender a discernir aquello perenne (la Tradición en mayúscula) de aquello que se puede o se tiene que adaptar o cambiar (las tradiciones en minúscula). Lasresistencias han sido enormes en una institución en la que lastradicionestenían mucha fuerza y en la que se confundía, con cierta facilidad, la fidelidad a Jesús con la fidelidad a las tradiciones que, al fin y al cabo, no son otra cosa que realidades históricas (necesarias y buenas), pero que en un determinado momento se pueden haber convertido en rémoras para la propia institución. Si se hace una lectura histórica sorprende la gran capacidad de adaptación que la institución eclesial ha tenido, ya que en sus inicios sufrió inculturaciones muy profundas, la principal de ellas la incorporación de las filosofías helénicas a la hora de reelaborar la reflexión teológica del mensaje de Jesús…

Por esto la comunidad cristiana no debería tener miedo de repensar las tradiciones actuales para dar respuesta a los cambios sociales y a la emergencia de otrasformas culturales que no son las occidentales. No ha de tener miedo de despojarse de las cosas añadidas, que han sido buenas pero que ya no son más que formas occidentales. La Iglesia quizásfue de las primerasinstituciones que se globalizó y que se inculturizó en muchos países, convirtiéndose en un modelo de cómo hacer compatible la universalidad con la particularidad. En el ámbito ético el cristianismo contiene unos grandes principios de cómo tiene que ser el hombre y la mujer plenificados, pero a lo largo de las situaciones cambiantes de la historia esta vida en plenitud o con sentido ha ido cogiendo formas diferentes. Porque los grandes principios orientan, pero han de adaptarse también a los tiempos y a las situaciones concretas. Un ejemplo paradigmático es la manera cómo se ha entendido el mandamiento de «no matar» a lo largo de la tradición moral católica.

Anuncios