Comenzamos con el tercer nivel de reflexión: ¿Qué tiene que decir la Doctrina Social de la Iglesia sobre el capitalismo? SIGNOS DE LOS TIEMPOS QUE NOS AYUDAN A VIVIR CRISTIANAMENTE, con los materiales del Cuadernillo de Cristianismo y Justicia LA REVOLUCIÓN DE CADA DÍA CRISTIANISMO, CAPITALISMO Y POSMODERNIDAD de Joan Carrera i Carrera.

3. Signos de los tiempos que nos ayudan a vivir cristianamente

A lo largo de la historia y desde los inicios del cristianismo, la comunidad fue permeable a las éticas de su entorno haciendo suyas las intuiciones del estoicismo, el platonismo, el aristotelismo… En la edad moderna, también algunos de los valores que formaban parte del núcleo del cristianismo (y que con el tiempo se habían debilitado) fueron recuperados paradójicamente por sus oponentes seculares y entraron a formar parte de la cultura y la ética modernas. La comunidad cristiana tendría que discernir estos signos de los tiempos, ver qué puede aprender de ellos e incorporar o reincorporar a la práctica cristiana.

3.1. Afinar el discernimiento

El discernimiento comporta saber elegir o distinguir qué valores son buenos, en el sentido de humanizantes, es decir, valores que serían expresión de la moral evangélica aplicada y referida a las nuevas situaciones que aparecen en nuestro mundo, y qué valores son contrarios a la humanización de la persona. La tarea no resulta fácil, y se requiere una prudencia extrema para no condenar fácilmente valores envueltos de elementos que nos pueden parecer extraños al lenguaje y la manera de hacer cristiana pero que la interpretan y actualizan en aquello esencial. Y tampoco asumir naturalmente otros que gozan de gran reconocimiento y aceptación social, pero que no son compatibles con la ética cristiana. Ésta siempre ha sido una tarea difícil, que tiene que contar con la ayuda del Espíritu de Jesús, que ayuda a encontrar en situaciones determinadas, y a menudo nuevas, la concreción de los grandes principios evangélicos. Ante esta ambigüedad, podemos recordar las palabras de Benedicto XVI en el Bundestag haciendo referencia al partido político de los Verdes alemanes:

Diría que la aparición del movimiento ecologista en la política alemana a partir de los años setenta, aunque quizás no haya abierto las ventanas, ha sido y essin embargo un grito que anhela aire fresco, un grito que no se puede ignorar ni relegar, porque se perciba en él demasiada irracionalidad. Gente joven se dio cuenta de que en nuestras relaciones con la naturaleza existía algo que no funcionaba; que la materia no es solamente un material para nuestro uso, sino que la tierra tiene en sí misma su dignidad y nosotros debemos seguir sus indicaciones. (Berlín, 22 de septiembre de 2011).

3.2. Entre el sectarismo, el diálogo y la disolución

A menudo dentro de la Iglesia Occidental actual se dan dos posturas, quizás no se dan en sus extremos pero sí en forma de tendencias ancladas en el pasado y que se cierran a los signos de los tiempos, a pesar de que ambas aportan valores positivos dentro de la Iglesia. No se trata de juzgarlas sino de ver la poca atención que dan a estos signos, cerrándose al esfuerzo de intuir las nuevas llamadas del Espíritu.

3.2.1. Añoranza y restauracionismo

Una primera tendencia añora el pasado cuando la Iglesia era escuchada, gozaba de más influencia social. Una tendencia que ya le costó asumir la modernidad y que ahora se ha visto descolocada con la irrupción de la posmodernidad. Su reacción ha sido la de un cierto retorno a formas premodernas, algunas acertadas pero otras anacrónicas que no pueden dar respuesta a los nuevos retos de la sociedad actual. El peligro de esta tendencia es la progresiva sectarización, en el sentido de minorización a la defensiva con rasgos casi fundamentalistas, al sentirse perseguida o menospreciada por la sociedad. Esta tendencia resulta atractiva sobre todo para personas desorientadas o inseguras, ya que ofrece consignas claras y diferentes, pero el problema es que no entra a considerar la complejidad de las situaciones y se decanta fácilmente por los blancos y los negros a la hora de percibir la realidad.

Esta tendencia tiene el peligro de caer en un cierto espiritualismo descarnado, que se centra en una espiritualidad más intimista con poca repercusión en la moral social pero con un rigorismo moral acentuado en el ámbito de la moral personal (sexualidad y bioética). De hecho es este rigorismo el que sirve de excusa a muchas personas (también a muchos creyentes) para alejarse de la Iglesia, alimentando lasfilas de lo que algunossociólogos han descrito como «creyentes sin Iglesia»6 , un colectivo que en Europa no ha parado de crecer estos últimos años. También puede tener el peligro de dejarse manipular por un poder político de carácter conservador que ve en la religión un buen cohesionador social, permitiéndole por esta razón una mayor visibilidad en el espacio público. Es lo que pasa con los movimientos conservadores. Sería injusto no apreciar los valores de esta tendencia, que representa una crítica a una Iglesia que a menudo se ha diluido y ha perdido identidad dentro de la sociedad actual. Hay en definitiva una aspiración, actual por otro lado, de una Iglesia desacomplejada ante la sociedad en la que todo el mundo tiene voz.

3.2.2. El cristianismo «progresista»

Otra tendencia agrupa a los movimientos eclesiales más sensibles a la cuestión social, que tuvieron una fuerza considerable en la denuncia de la injusticia y en la defensa del pobre ante las estructuras que violaban sus derechos. El momento actual sigue necesitando su voz, ya que el mundo, a pesar de que la globalización ha generado riqueza también ha hecho aumentar considerablemente las desigualdades, tanto a nivel planetario como en el interior de los países más ricos. Pero hace falta que estos movimientos estén atentos a los nuevos signos de los tiempos, a las nuevas formas de desigualdad y de injusticia (lasinjusticias medioambientales, las injusticias de las minorías culturales y las nuevas formas de exclusión y de marginación social). No se puede pretender continuar dando respuesta desde modelos que fueron válidos en la década de 1970 pero que ahora resultan o bien insuficientes o bien inadecuados. Creemos que es necesario que se pongan a la escucha de los nuevos movimientossociales y de los jóvenes cristianos, en otras palabras, que salgan de los viejos esquemas de las izquierdas clásicas para captar la complejidad del problema de la justicia en un mundo globalizado. Es necesario, también, que no tengan miedo en mostrar más la identidad cristiana en una sociedad que ya no la ve tan atada al poder político, y que está recuperando el valor y la importancia de la espiritualidad, de nuevas formas de religiosidad y también del discernimiento que lleva a descubrir cuáles son las nuevas fronteras de la marginación.

Sin pretender ser exhaustivo, sí que intentaré enumerar algunos ejemplos del mundo actual (pequeñas acciones, palabras o ideas…) que valdría la pena tener en consideración.

 

3.3. Signos de los tiempos, signos evangélicos

3.3.1. Contra la idolatría del mercado: el concepto de interdependencia

En nuestro mundo, como ha denunciado a menudo el magisterio eclesial, se da una idolatría del «dios mercado», con todo lo que esto comporta. Pero se vislumbran alternativas. Se han ido creando espacios de solidaridad alternativos, como por ejemplo cooperativas de consumo responsable, de comercio justo, de banca ética, de inversiones socialmente responsables, propuestas de intercambios de servicios entre grupos específicos… Curiosamente, muchos de estos movimientos han sido promovidos en el ámbito eclesial. ¡Nunca se habían dado tantas respuestas desde espacios econó- micos alternativos! En algunos países, estas formas económicas alternativas empiezan a tener un cierto peso dentro del propio mercado, como es el caso del comercio justo o de los productos con garantía ecológica. Prueba de ello es que muchos de estos productos empiezan a asomar la cabeza y se pueden encontrar incluso en las superficies comerciales convencionales.

Toda la problemática ecológica causada por las pautas de consumo insostenible y los datos alarmantes que nos vienen en relación con el cambio climático están favoreciendo la concienciación de que así no podemos seguir. Cada vez es más evidente la necesidad de reconciliación con la creación a partir de una nueva lectura de la teología de la creación y de nuestra relación con ella. También se extiende la llamada a una solidaridad intergeneracional mayor, es decir, a concienciarnos de que nuestro prójimo también son las personas que nosseguirán, nuestros descendientes, ya que nuestras acciones presentes hipotecarán su vida o al menos su calidad de vida. Así la noción de quién es nuestro prójimo se amplía, no queda limitada a aquel que vemos yendo a Jericó, el rostro sufriente del cual nos interpela y pide una respuesta compasiva, sino que se trata de aquel que no vemos porque o bien se encuentra en el otro lado del mundo o bien nacerá de aquí a dos o tres generaciones.

Por esto resulta vital cuidar la diversidad animal y vegetal, no sólo por el indiscutible valor de la diversidad en sí misma, sino por la intrínseca conexión entre todos los seres vivos del planeta. Así, favoreciendo la vida animal y vegetal aseguramos la vida humana actual y futura (de nuestros descendientes). Recordemos que la diversidad permite una mayor adaptación a los nuevos há- bitats que aparecen como efecto del cambio climático. El valor de la interdependencia, de la comunión entre los seres vivos es fundamental, y así lo recoge la misma Gaudium et Spes en su núm. 26. Sin embargo, por desgracia, nuestro ambiente cultural potencia el pensar primero en nosotros mismos y no facilita el ser conscientes de la realidad de interdependencia entre todos los seres, es decir, que todos nos relacionamos y que nuestra vida depende en gran medida de los demás. No vivimoslo que somos como un don para los demás y cuando nos relacionamos con ellos los tratamos a menudo como un mero objeto: no llegamos a asumir lo que piensan, lo que sienten o su sufrimiento como propio, sino que nos relacionamos como si fuesen objetos que observamos, manipulamos pero que no nos obligan a nada (ob-ligar). Tenemos interiorizado que el yo no tiene necesidad de nada más que de uno mismo para vivir, y si necesita de los demás los tiende a objetualizar en función de uno mismo. Quizás habría que empezar a relacionarnos desde la interdependencia, y así captar que el bien individual y el bien colectivo son inseparables y darnos cuenta de que este error ya ha provocado que tres cuartas partes de la humanidad sufra y que lo sufra también una naturaleza sometida a gran presión. Esta conciencia de la interdependencia tendría que desembocar en una ética de la compasión universal que promueva que todos los seres vivos puedan vivir, y especialmente los más débiles y los más amenazados. Sólo la especie humana puede hacerse cargo de esta gran responsabilidad, y debe comportarse como si fuera la conciencia del planeta. Tenemos que ser capaces de dar una respuesta compasiva hacia los miembros de nuestra propia especie pero también hacia los de las otras, apreciando el destino común de toda la biosfera.

 

 

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