Empezamos la serie de materiales con la que trabajaremos el tema de este mes: La discriminación a la mujer.

Comenzamos, como siempre, con nuestro primer nivel de reflexión, un análisis social-cultural-económico en el que no entra la fe.

1. Objetivos

  • Analizar la vigente discriminación de la mujer, detectar actitudes tácitas y expresas de tipo discriminatorio y conocer sus causas y sus consecuencias.
  • Combatir la discriminación de la mujer y utilizar para ello la reflexión de la DSI.

 

2. En qué consiste la discriminación de la mujer y qué causas tiene

La discriminación de la mujer consiste en la pretendida superioridad del varón (dimensión patriarcal y machista) y el desprecio a la mujer en las relaciones interpersonales y en su traducción en el ámbito político, económico, social y religioso. Las causas objetivas se residencian en la persistencia de prejuicios transmitidos a través de la educación familiar y escolar, en la falta de asunción de esa igualdad por parte de hombres y mujeres, en la falta de protección de la vida familiar y la maternidad, y en la explotación a través del tráfico de personas y redes de prostitución. En el origen de la discriminación late en una cultura que no tiene asumida la dignidad de la persona, y singularmente de la mujer, un componente cultural machista inaceptable y una cierta tendencia a la dependencia por parte de la mujer, que no ha asumido su papel como igual (y diferente) en la sociedad. A ello se suma la división sexista del trabajo y estereotipos en los medios de comunicación y en la publicidad.

Eclesia in America  denuncia la feminización de la pobreza, la discriminación, el abuso sexual y la prepotencia masculina. Igualmente se deplora la esterilización, a veces programada, de las mujeres pobres, así como la falta de apoyo de la familia, la protección de la maternidad y el respeto a la dignidad de las mujeres (EA 45). Una forma de agresión es el aborto, especialmente cuando es impuesto por el hombre. Es necesario prestar mayor atención pastoral al papel de los hombres como maridos y padres, así como a la responsabilidad que comparten con sus esposas (EA 46). Otras discriminaciones: el acoso sexual; las desigualdades en la esfera del trabajo, de la política y de la economía; la explotación publicitaria por los medios de comunicación social, que las tratan como objeto (Aparecida 48) o las dificultades de conciliar la vida laboral con las responsabilidades familiares o con la maternidad.

Como “signo de los tiempos” (PT 41), “ha llegado la hora en que la mujer a quiera en el mundo una influencia un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora” (Mensaje del Concilio las mujeres, 8 de diciembre de 1965). Supone un auténtico “rejuvenecimiento de la Iglesia”. Aparecida 454 urge a escuchar el clamor silenciado de las mujeres sometidas a la exclusión y a la violencia. Entre ellas, el de las mujeres pobres, indígenas y afroamericanas. Urge que todas puedan participar plenamente en la vida eclesial, familiar, cultural, social y económica. Ellas han sido durante siglos “el ángel custodio del alma cristiana del continente” (SD 106). El Concilio señalaba la emancipación de la mujer como signo de los tiempos y apunta a las dificultades debidas “a las nuevas relaciones sociales entre los dos sexos (GS 8) desde la igualdad, la reciprocidad y la diferencia. La mujer no tolera que se la trate como un mero instrumento, exige en el ámbito de la vida doméstica y de la pública todos los derechos y obligaciones (PT 41).

El genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida social. La persistencia de muchas formas de discriminación ofenden la dignidad y la vocación de la mujer en la esfera del trabajo. Estas dificultades no han sido superadas. Entre otros campos, la urgencia de una efectivo reconocimiento de los derechos de la mujer en el trabajo se advierte especialmente en los aspectos de retribución, seguridad y previsión social (CDSI 295)

La incorporación de las mujeres españolas al empleo ha sido tardía pero apresurada a partir de los años 70. Este proceso ha estado acompañado por un desequilibrado reparto de las tareas reproductivas y de cuidado, que siguen recayendo casi exclusivamente sobre las mujeres, y por unas limitadas políticas sociales para su compensación. Esta situación dio lugar a lo que Mª de los Ángeles Durán (1986) denomina “la eterna jornada de la mujer” o “la jornada interminable”, al tener que incorporarse las mujeres al trabajo sin dejar las cargas familiares que le han sido impuestas histórica y socialmente en función de su sexo y de los roles tradicionales de género.

Por esta razón, hoy en día –todavía–  en esta sociedad, ser madre supone un elemento de discriminación extra para las mujeres en el mercado laboral.

Esta situación de exclusión se encuentra estrechamente ligada a los problemas derivados de los obstáculos para conciliar la vida familiar y laboral y de la inexistente corresponsabilidad personal y social que saldría del ámbito privado y que involucraría, además de a los varones en su totalidad, a diferentes agentes sociales, así como a instancias públicas y privadas, facilitando de este modo que mujeres y hombres tengan las mismas oportunidades y puedan distribuir sus tiempos de forma libre, autónoma e igualitaria.

A menudo las mujeres son penalizadas por el mercado de trabajo español cuando se convierten en madres. Y es que las trabajadoras embarazadas siguen sufriendo situaciones discriminatorias antes, durante y después del nacimiento de sus descendientes. Dicha discriminación conlleva una serie de consecuencias negativas que atañen a diversos ámbitos: la posición que ocupa la mujer en el mercado laboral, prejuicios sexistas que problematizan la contratación de mujeres, disminución de la natalidad, etc.

Mientras que, habitualmente, los hombres, una vez acceden al mercado de trabajo, se mantienen dentro de él de forma continua, las mujeres están sujetas a ciertas interrupciones de su carrera laboral relacionadas principalmente con los procesos reproductivos, lo cual genera una devaluación de su capital humano que se traduce en menores ingresos, profundizando la brecha salarial durante toda su vida activa. Además, dichas interrupciones suponen para muchas mujeres una renuncia a aspirar a una carrera profesional.

A su vez, la falta de seguridad y autonomía económica de la mujer dentro de la pareja y el que sus ingresos no sean decisivos (los salarios medios de las mujeres son en torno a un 30% inferiores a los de los hombres), disminuye su poder negociador para lograr una distribución equitativa del trabajo doméstico.

Las mujeres han asumido un nuevo papel en el mundo laboral que no ha traído consigo la redistribución del trabajo doméstico y de cuidados. La conciliación sigue presentándose como una asignatura pendiente, especialmente para los hombres. Esta situación ha generado lo que se conoce como la “segunda jornada” laboral de muchas mujeres.

Tampoco se garantiza el acceso universal a guarderías infantiles, sobre todo para edades de 0 a 3 años. Los países que más gastan en proveer de servicios de atención a la infancia son Dinamarca (1,35% del PIB), Suecia (0,98%), Francia (1%) Noruega (0,77%) y Bélgica (0,79%). España destina el 0,44% del PIB a provisión de servicios de atención a la infancia, según datos de la Seguridad Social.

Muchas mujeres se ven abocadas a abandonar el mercado de trabajo cuando aumentan las responsabilidades familiares del hogar. Según datos de la European Social Survey (ESS), cuando se pregunta sobre si la mujer con cargas familiares debería abandonar el mercado laboral, el 45% de las mujeres españolas responde afirmativamente frente al 18,6% de las suecas o el 14,7% de las danesas. Estos datos se ven también determinados por variables como “la educación, ingresos de la mujer e ingresos del compañero. Cuando la mujer tiene un elevado estatus laboral acompañado de unos elevados ingresos, la división del trabajo familiar es más igualitaria y además hay una mayor probabilidad de que la mujer no abandone el  trabajo cualificado” (Moreno Mínguez, 2010: 74).

 

3. Cuáles son las consecuencias de las actitudes discriminatorias

La discriminación sigue la lógica del “todos pierden”. Pierde obviamente la mujer, pierde la sociedad, que se ve privada de todo el potencial de riqueza que la mujer puede aportar, y pierden, desde luego, los hombres, que obvian una relación de simetría y la sustituyen por una de dominación y exclusión. Además, la discriminación laboral (peores trabajos, peor remunerados, de imposible conciliación con la vida familiar) acaba dificultando el relevo generacional, imposibilitando una adecuada crianza de los hijos, con los efectos sociales que conlleva.

En el caso de la violencia sobre la mujer, ello produce la quiebra del respeto y de la reciprocidad relacional, su repliegue, la disminución de la autoestima, a veces una insana relación de dependencia con el maltratador, la pérdida de confianza en sí misma y otros muchos traumas indeseables. Un cuadro frecuente es que la mujer se considera culpable del maltrato que sufre, considerándolo la justa respuesta a su culpa y asumiendolo como parte del castigo “merecido”. Por otra parte, incapaz de recuperar su autonomía, siempre está esperando que el maltratador cambie, que sea la última vez…

Por su parte, la mujer prostituida se siente cosificada (FC 49) al establecer una relación puramente objetal con el hombre que compra sus servicios. Con frecuencia se une la vinculación a redes de trata y explotación de las mujeres, a veces mediante engaño, situación muy parecida a la de la esclavitud.

El uso de la imagen de la mujer como objeto de la pornografía, además de contribuir al envilecimiento del hombre, refuerza una imagen de mujer objeto de consumo.

La sociedad y sus instituciones pasivas ante estas discriminaciones, rebajan los listones de su nivel moral. En el extremo, actitudes meramente revanchistas pueden dar lugar a interpretaciones que se conviertan en pura reversión del fenómeno desde un feminismo radical. En efecto, la persistencia de la discriminación puede tener como consecuencia el anhelo de una “falsa igualdad que negaría las distinciones establecidas por el mismo Creador” (OA 14). En esa dirección errada irían concepciones de derechos de sentido “propietarista” y mecanicista, como al de la disponibilidad sobre el propio cuerpo o la llamada salud reproductiva.

 

 


 

Material extraído de:

Guía para la enseñanza de la Doctrina Social de la Iglesia. PPC

MUJER, TRABAJADORA Y… ¿MADRE?: LA PENALIZACIÓN DE LA MATERNIDAD EN EL MERCADO LABORAL, de UnitedExplanations

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