Alrededor de 100.000 niños desaparecen cada año en la India. El tráfico de menores para explotación sexual, trabajos peligrosos o bajo condiciones que ponen en riesgo su salud e incluso su vida, es una lacra que aumenta cada año en el país asiático.

Sumid fue objeto de trata a los 7 años, junto con su hermano Rabid, de 14 años. Su padre, jornalero, ganaba 40 rupias al día (0,70 euros). Un día llegó hombre y se ofreció a financiar la educación de los niños. Los padres lo vieron como una oportunidad para darles una vida mejor, pero la realidad fue muy distinta. Sumid y Rabid fueron obligados a trabajar como soldadores. «Tenía que trabajar desde por la mañana, temprano, hasta media noche y cuando caía rendido me pegaban. Nuestro dueño apenas nos daba de comer y no podíamos ir a ninguna parte, lo teníamos prohibido», cuenta Rabid. Sumid perdió la visión de un ojo y la movilidad de un brazo, «yo tenía que ayudar a mi hermano a soldar y me saltó una chispa en el ojo. Otro día me cayó una viga en el brazo y me lo rompió. Cuando el jefe me vio llorando me gritó: ¡Tu brazo está bien, sigue trabajando!».

Engaños, extorsión y rapto son las prácticas habituales de las 815 mafias de tráfico de niños detectadas en India, según la ONG Bachpan Bachao Andolan. Las principales presas de estas mafias son los niños de zonas rurales, los de las castas más bajas o los que andan solos. Nueva Dheli es un destino frecuente para estos niños. Allí son usados como esclavos en talleres clandestinos, algunos no superan los cinco años. Desnutridos y sin ningún tipo de atención médica llegan a trabajar jornadas de 17 horas. Sentados sobre un suelo de hormigón, que sirve también de cama, desarrollan a menudo atrofias en su crecimiento.

Cashi trabajaba en un taller textil. No veía la luz del sol, por la noche plegaba el telar y dormía ahí mismo, eso si no tenía que seguir trabajando para cumplir con un pedido. «Era horrible. Intentaba no llorar. Una vez intenté huir y ocultarme, pero me encontraron y me dieron una paliza». Este es el testimonio de Cashi, rescatado a los doce años.

Kailash Satyarthi, Premio Nobel de la Paz 2014 y activista indio por los derechos humanos de los niños, creo en 1980 la ONG Bachpan Bachao Andolan (BBA). Trabaja por liberar a los niños objeto de trata y defender sus derechos. Desde su creación ha conseguido rescatar a 85.000 niños en la India.

El rescate de menores no es fácil. Realizan redadas sorpresa, coordinadas con la policía en el último momento, un agente corrupto podría alertar a las mafias de los talleres. La operación se realiza a menudo en varias fábricas a la vez, evitando así que se corra la voz y que los menores sean trasladados. Los niños viven aterrorizados estas redadas, pues sus dueños les advierten – sobre los liberadores – que son mafias que quieren extirparles órganos para venderlos, por esta razón se esconden en los propios talleres y nunca salen de ellos.

BBA también trabaja por liberar a los menores de los duros trabajos de las canteras. En ellas se pueden encontrar niños de 4 años trabajando: haciendo ladrillos, partiendo piedras, descalzos, y sin ningún tipo de protección; muchos enferman de silicosis y la esperanza de vida es de 40 años.

La India, el país de mayor crecimiento económico en la actualidad, es el principal foco de explotación infantil. La esclavitud está prohibida por ley, sin embargo, más de 14 millones de niños entre 5 y 14 años, privados de educación escolar, son sometidos a trabajo forzoso, según datos del Informe Mundial de Esclavitud de 2014 (Global Slavery Index). Esta cifra representa el 40% de la esclavitud infantil en el mundo. Para Kailash Satyarthi, la realidad es mucho más atroz.

María Espinosa García-Valdecasas, de El Altavoz

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