Es una ironía que la justicia haya matado al hombre más justo de Atenas. Irónico resulta que haya sido en la democracia y con sus leyes. Interesantísima reflexión de , para Entreparéntesis

Sócrates fue llevado a juicio por no honrar a los dioses atenienses y por corromper a la juventud, según acusaron sus detractores. Los motivos para meterlo a la cárcel no tenían que ver con las intenciones que realmente había detrás. Algo generaba el más clásico de los filósofos entre sus contemporáneos y coetáneos más poderosos que decidieron eliminarlo.

Es una ironía que la justicia haya matado al hombre más justo de Atenas. Irónico resulta que haya sido en la democracia y con sus leyes. Y es que no son las abstracciones o los conceptos, sino las personas quienes encarnan –o no- las ideas. Sócrates es la viva representación de la sabiduría. Así lo confirmó el Oráculo de Delfos, aunque dicen que Sócrates decía: “yo sólo sé que no sé nada”.

Parece que no era guapo, mejor dicho, era feo. Caminaba entre plazas y mercados como alguien que no se da mucha importancia. Le encantaba conversar de todo y con todos. Quienes lo increpaban con sobrada seguridad en lo que afirmaban, terminaban desarmados de argumentos y acompañados de dudas. Ese era el gran talento que tenía nuestro filósofo, hacía que sus escuchas salieran con más preguntas que respuestas. La gente aprendía a cuestionarse con Sócrates. Otra ironía, no cobraba por sus lecciones, como sí lo hacían los sofistas que se jactaban de bellos y grandes oradores.

Alguna vez le preguntaron a Sócrates si recomendaba casarse y respondió: “Si te casas, te arrepentirás. Si no te casas, también te arrepentirás”. Søren Kierkegaard, 20 siglos después, diría que en este dicho está la esencia de la sabiduría de la vida.

A Sócrates le propusieron que aceptara callarse. Y no lo hizo. Pudo escapar e irse al exilio, como le sugerían. Y no aceptó. O vivía de acuerdo a lo que esa voz interna le decía o nada. El punto era la coherencia. Vivir y pensar de otra forma no valía la pena. Acusadores y jueces llevaron el partido a tiempos extras y, en el veredicto, el filósofo perdió. Y sin embargo ganó. Ganó que lo sigamos recordando por ser justo y sabio. Ganó que todos los filósofos posteriores lo tengan como referencia por su manera y contenido al dialogar. Irónico pensar que no escribió textos, quien lo hizo fue Platón, su discípulo.

Antes de morir tuvo una solicitud: “Si ven que mis hijos, cuando sean mayores, prefieren las riquezas antes que la virtud o si aparentan y se creen mucho cuando no son nada, atorméntelos como yo he atormentado a los atenienses”.

La Apología termina cuando Sócrates bebe la cicuta. Instantes previos a morir le recordó a un compañero que no se le olvidara pagar un gallo que debían a otro amigo. Luego se tapó el rostro, no sabemos si su último gesto fue de espanto o de confianza. Sí sabemos que en vida se preocupó y procuró evitar cometer el mal.

Es irónico que se haya acusado de ateo a quien estimuló ese gran regalo que nos han dado las Alturas y que es la inteligencia. Sócrates ayudó –y ayuda- a razonar de manera aguda para distinguir lo verdadero de lo falso. Pocos siglos después Jesús diría que la verdad nos hace libres (Juan 8, 32). Curiosas semejanzas entre Sócrates y Jesús: Ambos incomodaron por lo que decían y pensaban. Ambos eran coherentes en su manera de hablar y actuar. Ambos fueron calumniados y asesinados de manera injusta. Ambos no escribieron libros y, sin embargo, miles de libros hablan sobre ellos. Y aquí estamos, miles de años después, sorprendiéndonos por la novedad y vigencia de sus planteamientos. Sus palabras siguen cuestionando nuestras creencias: ¿podríamos refrendarlas con nuestra manera de vivir?

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