A través de los diversos medios de comunicación se asoma a nuestra cómoda casa el hambriento que vive muy lejos, pero que debe estar muy cerca de nuestro corazón. Abrámosle la puerta, es Cristo que muere de hambre y de hambre y de sed de amor.

El nuevo Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia se hace eco en su número 449 de la lucha contra la pobreza de los países del Tercer Mundo, y de cómo ésta interpela a todo corazón recto:

“Al comienzo del nuevo milenio, la pobreza de miles de millones de hombres y mujeres es “la cuestión que, más que cualquier otra, interpela nuestra conciencia humana y cristiana”. La pobreza manifiesta un dramático problema de justicia: la pobreza, en sus diversas formas y consecuencias, se caracteriza por un crecimiento desigual y no reconoce a cada pueblo el “igual derecho a “sentarse a la mesa del banquete común””. Esta pobreza hace imposible la realización de aquel humanismo pleno que la Iglesia auspicia y propone, a fin de que las personas y los pueblos puedan “ser más” y vivir en “condiciones más humanas”.

La lucha contra la pobreza encuentra una fuerte motivación en la opción o amor preferencial de la Iglesia por los pobres. En toda su enseñanza social, la Iglesia no se cansa de confirmar también otros principios fundamentales: primero entre todos, el destino universal de los bienes. Con la constante reafirmación del principio de la solidaridad, la doctrina social insta a pasar a la acción para promover  “el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos”.

 

El principio de solidaridad, también en la lucha contra la pobreza, debe ir siempre acompañado oportunamente por el de subsidiaridad, gracias al cual es posible estimular el espíritu de iniciativa, base fundamental de todo desarrollo socieconómico, en los mismos países pobres: a los pobres se les debe mirar “no como un problema, sino como los que pueden llegar a ser sujetos y protagonistas de un futuro nuevo y más humano para todo el mundo”.

Comentemos brevemente estos principios: Como sabemos Jesús tenía amor de predilección para con los pobres, enfermos, niños y pecadores. “No tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos”. No tienen en el plano material necesidad de nuestra ayuda los ricos (aunque pueden padecer algún tipo de pobreza), sino los pobres.

El destino universal de los bienes, por otra parte, es prioritario sobre el derecho de propiedad. De manera que lo que no nos es necesario pertenece a los hambrientos de este mundo.

 

Tendríamos que estar dispuestos por justicia y caridad a pagar un impuesto sustancial a favor del desarrollo del Tercer Mundo.

La solidaridad es fruto del amor y de la contemplación de tantos sufrimientos de tantos hermanos y debe traducirse en actos prácticos.

La subsidiaridad supone que no debe suplantarse la libre iniciativa de las poblaciones de los países del Tercer Mundo, ni las libres iniciativas privadas de ayuda de personas del Primer Mundo.

Aboga después el texto por la solución del problema de la deuda externa que grava a la población de los países pobres que no tienen ninguna culpa de las estructuras internacionales injustas ni de la eventual mala gestión de sus gobiernos. Saludemos con esperanza la reciente iniciativa de condonar la deuda a los 18 países más pobres del mundo.

A través de los diversos medios de comunicación se asoma a nuestra cómoda casa el hambriento que vive muy lejos, pero que debe estar muy cerca de nuestro corazón. Abrámosle la puerta, es Cristo que muere de hambre y de hambre y de sed de amor.

 

Javier Garralda Alonso, publicado en ForumLibertas, y registrado en Mercaba

 

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