Continuamos con nuestro tema del mes en el segundo nivel de reflexión: Principios y criterios de juicio para afrontar la realidad de la migración a partir de la Doctrina Social de la Iglesia.

Extraídos del Cuaderno de Solidaridad y Justicia, DE LA HOSTILIDAD A LA HOSPITALIDAD, escrito por Miguel González Martín, director de la Fundación Social Ignacio Ellacuría y coordinador del Servicio Jesuita a Migrantes (SJM-España).

4.1. La hospitalidad captura nuestra imaginación

Algo tiene la hospitalidad, que captura nuestro ánimo. Se trata, sin duda, de un concepto cargado de connotaciones y significados; nos evoca y nos convoca; resuena en nuestro corazón y nos encamina a la acción. Quizá en esto radique su poderosa vis atractiva: la aparente sencillez del gesto de acogida que encarna, desata dinamismos personales, relacionales y políticos de largo recorrido. Adelanto tres elementos que tratan de recoger el contenido de idea de hospitalidad, la razón del fuerte eco que encuentra en nuestro interior, personal y comunitario, y su virtualidad para orientar prácticas sociales y políticas.

En primer lugar, la hospitalidad es abrir las puertas de nuestra casa. Tiene que ver con abrirse al extraño y hacerlo parte de nuestro mundo. Especialmente, cuando ese extraño es, además, vulnerable. Hospitalidad es hacer más amplio el “nosotros” que pronunciamos. Es la acogida de aquel diferente de mí. Pero no se trata de una acogida cualquiera: es una “buena acogida”. Seguro que tenemos la experiencia de saber y, sobre todo, sentir, si somos o no bienvenidos a un espacio. En la “buena acogida”, quien llega no es meramente tolerado, sino celebrado. No es solamente atendido, sino cuidado y agasajado. No encuentra solo alimento y cama, sino empatía y escucha. No hay asimetría en el encuentro, sino reciprocidad. Cuando parte, no vuelve todo a la “normalidad”, sino que algo ha cambiado en la identidad de ambas partes, la anfitriona y la hospedada. Una cuestión martillea en el fondo de la conciencia: ¿quién acogió a quién?

En segundo lugar, creo que hay algo hondamente humano que vibra al hablar de hospitalidad. Ésta conecta con experiencias muy profundas del ser humano, en tanto especie y como individuos. Leonardo Boff afirma que “la acogida saca a la luz la estructura básica del ser humano […] existimos porque, de alguna manera hemos sido acogidos”. Hemos sido acogidos por la Tierra, por la corriente de Vida, por la naturaleza, por nuestros padres, por la sociedad. La acogida, pues, nos constituye. La hospitalidad conecta con nuestra condición de seres dependientes, necesitados de cuidado y vulnerables. Quizá, antes que otra cosa, seamos eso. El filósofo vasco Daniel Innerarity señala que

“frente a los ideales de una vida asegurada contra todo riesgo […] la idea de hospitalidad nos recuerda algo peculiar de nuestra condición: nuestra existencia quebradiza y frágil, necesitada y dependiente de cosas que no están a nuestra absoluta disposición, expuesta a la fortuna. Por eso, sufrimos penalidades, necesitamos de los otros, buscamos su reconocimiento, aprobación o amistad”.

 

En tercer lugar, la hospitalidad no es tan solo un valor privado, sino que se despliega y verifica en la esfera pública. En sus orígenes históricos, como veremos, la hospitalidad, además de un valor y una práctica, es un deber, incluso legal. Aunque eso haya cambiado, no cabe duda de que podemos hablar de “políticas” de hospitalidad. En este ámbito hacemos nuestra la lección del feminismo de que “lo privado es político”. Como señala Jean-Marie Carrière, actual director del JRS Europa, “en las condiciones actuales, una iniciativa privada —de una familia o una comunidad— resulta un acto político”, que puede tener como efecto desde el cambio del sentido del voto del anfitrión, hasta la reactivación de una tradición nacional (se refiere a Francia) “perdida en los meandros de las decisiones de políticas migratorias”. Esta cuestión nos remite a cómo los valores personales se extienden a la esfera comunitaria y cívica, y desde ahí informan la adopción de políticas concretas. O dicho de otro modo, cómo determinadas políticas encuentran un suelo fértil donde arraigar en sociedades con ciertos valores. Algunos valores hacen viables ciertas políticas y legislaciones. Y, viceversa, ciertas legislaciones promueven determinados valores y desincentivan otros.

En definitiva, la hospitalidad presenta una naturaleza expansiva e inclusiva. Se va abriendo a diferentes esferas: nace en el ámbito personal, va madurando en el terreno comunitario y social, y alcanza su plenitud cuando fecunda las políticas públicas. García Roca lo expresa con claridad y belleza: “para ser ciudadanos se debe ejercer la vecindad, y para ser vecinos, se debe ejercer la hospitalidad”.

 

4.2. La hospitalidad bíblica, fuente de inspiración

Se trata de asomarnos a unos poquitos relatos bíblicos —del Antiguo y Nuevo Testamento— y mostrar tanto la centralidad teológica de la hospitalidad como varios de sus rasgos, que hoy nos siguen interpelando y pidiendo a gritos hacerlos realidad. Me centro aquí en cuatro rasgos de la hospitalidad “bíblica” de los que hoy en día podemos aprender.

4.2.1. La acogida al forastero nos conecta con lo transcendente: hacer sitio para el otro es hacer sitio para el “Otro”

Una parte importante de lo que aprendemos en la Biblia sobre la hospitalidad no es patrimonio exclusivo de la tradición judeocristiana, sino que está muy presente en civilizaciones antiguas. Pueblos viajeros como el griego comparten con el seminómada judío el hecho de sacralizar la figura del extranjero. Así aparece, por ejemplo, en La Odisea de Homero o en el mito de Filemón y Baucis. No dejan de portar un cierto aire de familia la idea, por un lado, de que los dioses —bajo el disfraz de extranjeros menesterosos— recompensan a los humanos hospitalarios y, por otro, la recompensa de salvación a quien acoja al extranjero, del juicio final de Mateo 25.

La escena bajo los árboles de Mambré que relata el capítulo 18 del Génesis es quizá el primer relato bíblico en el que aparece la hospitalidad como algo central. Abraham —padre de los creyentes— está sentado junto a su tienda en el momento más caluroso del día cuando divisa a tres hombres. En vez de sospechar de ellos u ocultarse, sale corriendo, se postra a sus pies, y tanto él como su esposa Sara comienzan a servirlos. Agua para refrescarse; pan, cordero, mantequilla y leche para alimentarse. Abraham ha reconocido a Yahvé en ellos. Por cierto, Dios no aparece solo, sino acompañado de lo que se interpreta como dos ángeles ¿Quizá se adivina una incipiente alusión al Dios-comunidad trinitaria, dinamismo de unidad en la diversidad? La acogida nos lleva al encuentro con la divinidad. Dejar caer las barreras ante los otros nos conduce a una experiencia de transcendencia. El descentramiento de uno mismo nos adentra en el misterio. En la segunda parte de la historia nos aguarda un regalo que revela lo crucial del gesto de acogida: es justamente este acto de hospitalidad el que posibili tará que el pueblo de Israel tenga futuro, pues Dios no se marcha sin antes prometer un vástago a los ya ancianos Sara y Abraham. No es exagerado decir, por tanto, que la hospitalidad constituye al pueblo de creyentes.

Y si del “principio” (Génesis) saltamos al “final” (el juicio del evangelio de Mateo) encontramos el mismo hilo: el valor teológico de la hospitalidad. Pero aquí de manera contundente y como criterio definitivo de salvación: “[…] Fui forastero y me recibisteis en vuestra casa […] ¿cuándo te vimos forastero y te recibimos? […] Cuando lo hicisteis con alguno de los más pequeños de éstos mis hermanos, me lo hicisteis a mí”.

Por tanto, acoger al necesitado es acoger al mismo Jesús. Y no acoger al necesitado es rechazarlo. Para los y las cristianas, por tanto, el gesto de acogida no supone únicamente repetir una praxis característica del Jesús histórico, sino que en este texto apreciamos la identificación de Jesús con el migrante hasta un grado máximo. Desde la fe, la acogida hospitalaria del extranjero es un gesto con el mismo Jesús.

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