Continuamos con el segundo nivel de reflexión: Principios y criterios de juicio para afrontar la realidad de la migración a partir de la Doctrina Social de la Iglesia.

Hay algunos relatos evangélicos que muestran con claridad que quien abre las puertas de su casa y de su corazón al extraño no se queda igual, es transformado. El relato del camino de Emaús (Lc 24,13 y ss.) nos ofrece un bello ejemplo de esto. Los discípulos caminan abatidos, avergonzados, en huida, después de la ejecución de Jesús. En su marcha, se les une un nuevo viajero que les inquiere por su desánimo. Bien podían haberse callado, y seguir el camino en silencio y cabizbajos. Pero optan por abrirse al extraño. Permiten que penetre en sus atribulados corazones. Le cuentan su relato, su versión de los hechos. Se hacen vulnerables ante el desconocido. Y éste les “rompe la cintura” con una reinterpretación de la historia. Les ofrece una lectura diferente sobre lo que ellos mismos han sido y vivido. El desconocido les cambia el punto de vista y pone sus corazones a arder. La hospitalidad, pues, nos cambia “el relato”. Claro que el extraño es el Señor, al que invitaron a pasar la noche con ellos, y que reconocen al partir el pan, justo antes de desvanecerse de su vista.

Hay otros muchos episodios narrados por los evangelios donde el Jesús itinerante recibe hospitalidad de la gente, a la vez que la practica con sus anfitriones: el corazón de éstos sale reconfortado. Jesús lleva a la casa que lo acoge amistad, consuelo y salud. Conversa con sus anfitriones sobre el sentido de la vida y de la existencia. Amplía el círculo del “nosotros”, reconociendo a quienes son considerados como “de los otros”. Practica el “diálogo intercultural”. Es la historia de Zaqueo. Son los lazos forjados en casa de Lázaro, Marta y María. Es el reconocimiento de la mujer siriofenicia, en la comarca de Tiro, y de la samaritana en el Pozo de Sicar… Estos episodios nos traen el sabor de la horizontalidad y el aroma de la reciprocidad. Nos hablan del dinamismo del dar y el recibir que se produce entre la persona anfitriona y la acogida, desdibujando la claridad de sus límites.

 

4.2.3. Gestos de hospitalidad

Como señala José Carlos Bermejo, la acogida y la hospitalidad le entran al huésped por los sentidos. Hay una acogida que tiene que ver con el lenguaje que utilizamos para con quien llega. Hay también una acogida espacial, en el lugar. Y, en tercer lugar, hay una acogida en el corazón. Los relatos bíblicos de hospitalidad contienen una gran riqueza de detalles, gestos y símbolos que reflejan esa consideración hacia la persona acogida. Son gestos de amor, cuidado y ternura que simbolizan la bienvenida total, desde esa triple perspectiva.
Hay, en primer lugar, un lenguaje no verbal fácilmente comprensible a quien llega: la inclinación en reverencia. En algunos pasaje de la Biblia, el huésped es recibido con grandes muestras de agradecimiento y de reverencia: recibir de rodillas, inclinando el cuerpo hasta tocar con la cabeza el suelo, besar los pies o las vestiduras, etc. (Gn 18,2-3; Mt 18,26; Hech 10,25). El beso es otro de los símbolos de la acogida personal. Cuando Jesús fue invitado a casa por un fariseo, entre las conductas que aquel le “afea” a éste, por contraste con las de la pecadora, está el no haberle dado un beso (Lc 7,44- 45).
En cuanto al espacio, podemos entender la invitación a descalzarse como expresión de entrar en tu propia casa, incluso en un terreno sagrado. A ello, además, se le acompaña con el gesto de lavar los pies al invitado, acción que con Jesús adquirirá una profunda resonancia teológica. La unción con aceite al invitado es otra de las costumbres de acogida, y sirve no solo para suavizar la piel de quien llega, sino también para impregnar la estancia con un olor agradable.
Por último, la acogida en el corazón tiene que ver con la capacidad de escucha y de empatía con el huésped. Éste se siente en terreno emocionalmente seguro, no sometido a prejuicios ni juicios. Y la acogida en el corazón es recíproca, aporta horizontalidad. Mencionábamos antes todos los episodios en los que el consuelo entra en la casa hospitalaria junto con Jesús, huésped. En el espacio de acogida se genera un clima de gratuidad, un diálogo sincero. La persona acogida trae temas y aires nuevos, perspectivas diferentes desde las que mirar la vida.

 

4.2.4. La hospitalidad y la acogida tienen carácter normativo

También está presente en la Biblia, y en otras tradiciones de la antigüedad, el carácter normativo de la hospitalidad. Así se observa en numerosos preceptos que, esparcidos a lo largo del Pentateuco, Yahvé dirige al Pueblo de Israel y a sus líderes. Una formulación contundente la encontramos en el Levítico 19, 34: “El extranjero que resida con vosotros os será como uno nacido entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto”. En Números 35, 19 Yahvé ordena a Moisés que funde seis ciudades de asilo: “Tanto para los israelitas como para el forastero y para el peregrino que vive en medio de vosotros”. Es interesante resaltar cómo la fuente de dicha normatividad radica en la propia experiencia del pueblo israelita, en su propia condición originaria de extranjero en tierra hostil. Esto nos enseña el potencial de recordar nuestro pasado, personal y colectivo, como fuente de pautas de comportamiento con quien vive una situación por la que hemos pasado.

La acogida como norma nos remite a una incipiente forma de relacionarse entre los pueblos y de mantenimiento de la paz entre ellos, cuando no existían tratados internacionales. Sonia Adames insiste en que, en el desierto y con medios precarios de transporte, la hospitalidad es una cuestión de vida o muerte. La hospitalidad está inscrita a fuego como un valor social y como una norma en los códigos de comportamientos del pueblo. Es difícil no ver el paralelismo con la situación actual de las personas refugiadas huyendo de Siria o Eritrea, y ahogándose en el Mediterráneo. Para ellas y ellos, la hospitalidad también es cuestión de vida o muerte. Por cierto, la hospitalidad con los refugiados también es, antes que nada, ley internacional, pese a que su cumplimiento esté mediado por la voluntad de los estados, que se demuestra raquítica. Sin embargo, en este caso la apelación a la historia no hace sino aumentar nuestro sentimiento de vergüenza y escándalo con lo que está pasando.

 


 

Material extraído del Cuaderno de Solidaridad y Justicia, DE LA HOSTILIDAD A LA HOSPITALIDAD, escrito por Miguel González Martín, director de la Fundación Social Ignacio Ellacuría y coordinador del Servicio Jesuita a Migrantes (SJM-España).

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