Hoy nos hacemos eco de un artículo sobre un tema que está muy de moda actualmente, el bullying. La periodista Amparo Latre escribía esto ayer, Día Mundial contra el Acoso escolar.

Hoy se celebra el Día Mundial contra el Acoso escolar y con los meses que llevamos con este tema ocupando portadas pudiera parecer que ya nada nuevo queda por decir sobre el asunto.

Sin embargo, no es así. Lanzo la pregunta ¿Te ayudaría a entender mejor este fenómeno quitarle el calificativo de “escolar”? ¿Nos ayudaría a atajar mejor estas situaciones si nos olvidáramos de “escolar”?

Hace poco me hacía esta reflexión una docente con mucha experiencia y creo que tiene toda la razón. No se trata de echar balones fuera, sino de centrar más el tema, para poder corregir cuanto antes y en todos los frentes en los que sea posible. Sin que nadie mire para otro lado.

El acoso del que hablamos traspasa las paredes de los colegios. Se da en aquellos contextos en los que los niños pasan juntos más tiempo. Es decir, en el colegio, principalmente. Pero, ojo, no solo, también en parques, campamentos, actividades deportivas o redes sociales en el caso de adolescentes. Y nadie debería mirar para otro lado o pensar que los suyos solo pueden ser las víctimas. Porque lo que está en juego es el sufrimiento de menores, unas veces más inocentes que otras.

Desde mi experiencia como madre, añadiría que la mejor prevención es alentar a todos los niños a que no sean cómplices con su silencio, sino personas comprometidas que impidan que nadie se quede arrinconado en el patio o que alguien se crezca diciendo “tú estás fuera”.

Otra tarea importante es trabajar la seguridad de los niños, aunque no solo los inseguros son víctimas del acoso. Esta es otra de las ideas falsas que se repite. Muchas veces lo que hay de fondo es un problema de liderazgo mal gestionado. Es decir un choque de trenes, de dos niños caracteres fuertes.

Abro paréntesis.
Recuerdo un día en el que prestaba atención a mi hijas y sus amigas en un parque. La conversación apuntaba claramente hacia el chantaje. La niña más pequeña claramente era una aventajada en la materia. No quería jugar a lo que proponía el resto de niñas y les decía: “Es que yo a ese juego me aburro. Y mi madre me ha dicho que si me aburro me suba. Así que si no jugamos al escondite, me tendré que ir a mi casa”.
Las otras niñas callaron contrariadas ante el dilema y ella buscó mi ayuda con la mirada mientras repetía la frase. A lo que yo contesté amablemente: “Claro, nadie quiere que te aburras. Tu madre tiene razón. Si quieres irte a casa, vete”. Y se fue.

Más tarde, en casa mi hija Irene me decía que a ella le habría encantado contestar así porque además yo había sido muy amable. Fue  uno de esos momentos en los que me di cuenta del trabajo que tenía por delante con mi hija mediana. Aproveché para explicarle qué es un chantaje y para aclararle que a contestar así se aprende (a los siete años tampoco yo tenía la claridad y la fuerza para reaccionar de ese modo), pero que no hay que ceder ante este tipo de presiones, cuando uno sabe que no ha hecho nada mal.

Podría haberme callado, pero creo que hay situaciones en las que los adultos debemos intervenir.

Cierro paréntesis.

 

No me convence en absoluto eso que se repite tantas veces de que los niños deben resolver solos sus problemas. Creo que a veces sí y otras no. Cuando se cruzan líneas rojas en ambientes que deberían ser seguros o cuando podemos aportar algo en situaciones importantes, debemos actuar. De lo contrario corremos el riesgo de que se imponga la ley del más fuerte, es decir la ley de la selva, que no debería ser la norma que prevaleciera en lugares como el hogar, el colegio, un campamento de verano o la piscina de una urbanización.

 

Y para terminar y en la línea de mis comentarios políticamente incorrectos diré que, aunque las situaciones de acoso se produzcan fuera de casa es en la familia donde más posibilidades tenemos de prevenir que nuestros hijos sean las víctimas o los acosadores; así como para pedirles que también ellos intervengan en el caso de que un amigo lo sufra. Con el colegio hay que tener una relación de buena comunicación y de confianza, sabiendo también cuáles son los límites para atajar según qué problemas. Aunque en este asunto en particular, mi opinión es que todos podemos hacer más de lo que estamos haciendo.

@amparolatre

 

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