Hay vida más allá de las seis, y no solo es para los padres. Escribo esto porque hasta que no comprendamos que la conciliación no es un problema de vida laboral y familiar sino de vida labora y personal, seguiremos enfangados en las insanas costumbres que hacen de España el paradigma de la pérdida de tiempo.

Escribo esto porque, hasta que no empecemos a hablar de vida personal y no familiar, lo de salir pronto se verá, exclusivamente, como una forma de discriminación positiva que, como toda forma de discriminación positiva, discrimina desanda más camino del que recorre.

Porque, no nos engañemos, lo que más daño ha hecho a la vida familiar, ha sido un recorrido legislativo que protege a los padres como rara avis y que los convierte en un colectivo enfrentado a otro colectivo: el de los que no tienen hijos. Aun a riesgo de generalizar, la consecuencia indeseada es que aquellos que calientan silla prosperan y el que apaga la luz a su hora es mirado con recelo porque “por ley” no se le puede decir nada.

Imaginemos por un momento un mundo en el que todos apagáramos la luz al mismo tiempo. Entonces nadie podría distinguir entre padres y no padres, solteros y casados, deportistas y filósofos. Sencillamente, a partir de las seis, cada cual utilizaría el tiempo a su antojo.

Habríamos resuelto de un plumazo tres problemas. En primer lugar, el factor familia dejaría de suponer una discriminación. En segundo lugar, todos los empleados estarían más contentos con su tiempo disponible para la actividad que eligiesen. En tercer lugar, los empleados contentos trabajarían más a gusto y producirían más y mejor.

Habrá quien me diga que lo de salir a las seis, más allá de ser el único debate medianamente interesante en este absurdo y dilatado interregnum gubernamental, es una entelequia. Nos hemos acostumbrado al abierto casi 24 horas y eso implica que hoy, aunque a las 21.30 sea de noche, no le será difícil encontrar dónde conseguir un kilo de tomates, unas botas de montaña o una maleta homologada para llevar en la cabina de un avión.

Pero este problema ya lo han resuelto los que nos llevan ventaja en esta materia: utilizan turnos, no siempre de ocho horas, numerosas medias jornadas, con los que permiten que la oferta del mercado laboral se ajuste a distintas situaciones. Así, en países anglosajones y del norte de Europa, es frecuente que los estudiantes demanden trabajos por la tarde para financiar sus títulos, o incluso las familias pueden organizarse de modo que uno tenga un empleo a jornada completa y el otro suplemente con uno parcial.

Para llegar a este punto necesitamos conseguir la confianza suficiente en que las cosas se pueden hacer de otra manera. Pero antes de eso tenemos que convencernos de que la conciliación es laboral y personal, con o sin familia.

María Solano Altaba
@msolanoaltaba

Fuente: Adiciones

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