Artículo del siempre expresivo Jorge González Guadalix, sacerdote diocesano de Madrid, que no hace reflexionar sobre el “asistencialismo” que a veces abunda en nuestra caridad.

Hace unos días me vinieron a la parroquia unos chavales, quince o dieciséis años, no creo que más. Querían pedir permiso para vender en la puerta alguna cosa destinada a un proyecto solidario que estaban haciendo con personas de la calle. Como es natural me interesé por el proyecto, que se apresuraron a describir.

Fue ocurrencia de un profesor y consistía en salir por la ciudad, hablar con personas sin techo, preguntar qué necesitaban y comprárselo. Punto y final. Uno, que lleva en Cáritas su tiempo, solo hizo una pregunta: ¿esto lo coordina Cáritas, alguna ONG, hay algún profesional que os asesore…? No, me respondieron. Nosotros, lo que se nos ocurre, lo que nos han dicho…

La caridad auténtica, el trabajo real con las personas en situación de pobreza o al menos de lo que se llama vulnerabilidad social, no suele ser trabajo chachi guay. Si nos tomamos al pobre en serio, si realmente creemos que la mayor ayuda que se le puede prestar es la de colaborar para que salga de su situación de pobreza y pueda vivir con normalidad y con dignidad, o como mínimo dar pequeños pasos en esa dirección, el trabajo con ellos debe ser profesional, pensado, estudiado, organizado, pensado en su bien y no en nuestra satisfacción personal. Evidentemente trabajar así lo que produce demasiadas veces son lágrimas que tragas como puedes y pellizcos en el corazón.

Meda mucho miedo esa caridad chachi guay de acercarse al desvalido con palmada en la espalda, toma lo que quieras, cena solidaria a beneficio de, dos horas del viernes en la calle, foto y hasta más ver. Comprendo que es sencillo, no necesita de programas ni evaluaciones, es amable y agradable, ya que jamás hay un no que moleste al otro, todo lo contrario, el otro feliz de que a todo digas si y le aportes lo que quiere, que no siempre es lo que más necesita y le conviene.

La caridad auténtica sabe mucho de reflexión y estudio, cercanía silenciosa, amor tan grande que pone en primer lugar el bien del otro aunque sea a costa de decir no, aguantar sus improperios y amenazas, pero en el convencimiento de que la firmeza, unidos al cariño, aunque a veces dejen rastros de amargura, son el único camino para que las personas avancen en dignidad.

Conozco a muchos voluntarios de Cáritas. Hombres y mujeres, si quieren especialmente mujeres, que se conocen sus barrios, patean cada casa, saben de cada persona y su necesidad, escuchan, comprenden, valoran e impulsan, sabiendo conjugar con especial sabiduría el “ánimo, a ver este mes qué tal vamos” y ese otro “mira, no, por ahí sabes que no, y eso no puede ser”. Voluntarios que en el silencio del despacho, en la precariedad de cualquier hogar, allá donde estén, saben ir poniendo ese granito de arena que hace que cada persona, cada familia, vayan dando pequeños pasos en su vivir con dignidad. Voluntarios que han comprendido el valor de una ficha, de estudiar cada caso, de sentarse ora con la gente, ora el equipo, y discernir, valorar, ponerse a ello y dejarse la piel con cada persona que pide su apoyo.

La caridad no es para que el actor Pepítez quede bien, suelte unas lágrimas de emoción el “Niño de los toriles” y los famosetes de turno se hagan la foto en Navidad. Tampoco son los pobres objeto de curiosidad antes los cuales el niño de diecisiete años juegue a eso tan bonito de ser solidario. Los pobres son hijos de Dios, personas con su dignidad de humanos por más que pueda parecer oscurecida tras una barba descuidada, unos cartones para dormir, ropa sin lavar en meses o un olor insoportable. Justo por ser los más débiles, necesitan que nos acerquemos a ellos con un mayor respeto.

Quizá puedan decirme, en el caso de estos chicos, que hay que dar gracias de que sean solidarios. Sí y no. Damos gracias a Dios por su solidaridad, de acuerdo. Ahora falta que sepan que la solidaridad auténtica es más que una simple ocurrencia, que cuando uno trata con seres humanos, y más en situación de debilidad, no puede hacerlo simplemente a base de buena voluntad.

Fuente: Infocatólica

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