Por Mons. Ubaldo R Santana Sequera FMI. Arzobispo de Maracaibo (Venezuela)

Introducción

“La Iglesia frente al Imperialismo: una visión del Magisterio Social de la Iglesia”. Los que vivimos en Venezuela hemos oído con mucha frecuencia, en estos últimos años, esta palabra, cargada de una fuerte connotación ideológica.  Forma parte, de manera insistente y repetitiva, casi como un slogan publicitario, de la discursiva política nacional. Diversos sectores influyentes de la vida nacional lo esgrimen como un argumento apodíctico a la hora de  buscar las causas profundas de la problemática social y económica actual del país.

¿Qué entienden por ello cuando lo utilizan? Manifiestan su preocupación por la influencia que puedan tener las potencias mundiales de Norteamérica sobre los destinos de nuestra Nación, particularmente su impacto en el desarrollo y la calidad de vida de las mayorías y la progresiva pérdida de la soberanía. Esta injerencia imperialista da pie para exaltadas declaraciones de  defensa a ultranza de la soberanía patria, apelando a un nacionalismo demagógico, superficial, meramente discursivo. Actitudes excluyentes de este corte no se pueden llevar a posiciones radicales porque  se corre el riesgo de aislar al país, cerrándose a las dinámicas de integración multilateral y al necesario intercambio comercial y cultural con otras naciones, propios de  estos tiempos de la globalización. Antes de continuar hagámonos una pregunta clarificadora:

¿Qué entendemos por imperialismo?

El término “imperialismo” viene del la­tín y está derivado del verbo imperare, que significa dominar, reinar o gobernar; y del sustantivo imperium, que significa área de dominio.

Para François Houtart, connotado estudioso de la sociología latinoamericana, “el imperialismo es la dominación política de un Estado sobre varios otros para establecer una hegemonía política, económica, y cultural”.

Interesante también la definición que da el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE): “Actitud y doctrina de un Estado o nación, o de personas o fuerzas sociales o políticas, partidarios de extender el dominio de un país sobre otro u otros por medio de la fuerza o por influjos económicos y políticos abusivos.”

En el sentido más amplio y gene­ral de la palabra, imperialismo denota la política de expansión territorial de un go­bierno o un estado por motivos demográ­ficos, económicos o inclusive de prestigio, que implica la subyugación y dominación de otras regiones y otros pueblos bajo un mando centralizado, imperial.

Se trata de un tema de la Doctrina Social de la Iglesia, de una realidad que pertenece al ámbito de las relaciones internacionales y que ha estado presente desde que la humanidad empezó a organizarse en naciones soberanas. Es un pecado social, de carácter estructural, que hunde sus raíces en los dos primeros pecados capitales: el orgullo y la avaricia.

El Antiguo Testamento da cuenta, a través del Pentateuco y de los Libros Históricos, de los diversos imperios que, desde los egipcios en el siglo XIII antes de Cristo hasta los griegos en el siglo II A.C., sometieron sucesivamente bajo su yugo,  al pueblo de Israel. Jesús vivió y murió bajo el dominio del imperio romano. La Iglesia surgió y se desarrolló bajo ese mismo imperio y, a lo largo de su historia, le tocó vivir bajo diversos regímenes imperiales. Muchos de ellos quisieron someterla a sus dictámenes y, en varios casos, lo lograron, trayendo consigo serios daños para su identidad y su misión.

Pero como bien sabemos, por las palabras que Cristo le dirigió a Pedro en el momento en que le confió el timón de la Iglesia: “los poderes del abismo no la vencerán” (Mt 16,18). En el libro del Apocalipsis, por ejemplo, encontramos una gran exhortación que Jesús resucitado y glorioso le dirige, a través del vidente, a siete comunidades cristianas del Oriente Medio de finales del siglo primero, para que no tengan miedo, den valiente testimonio de su fe y se mantengan unidas en medio de la persecución del emperador Diocleciano.

Guiada por el Espíritu Santo, la Iglesia, “experta en humanidad”, como la llamó el Beato Pablo VI en su famoso discurso ante la ONU el 4 de octubre de 1965, ha ido discerniendo, a lo largo de estos 20 siglos de navegación en medio de las aguas procelosas de la historia, cómo debe situarse frente a estas pretensiones hegemónicas de los poderes humanos, y lo ha expresado en sus documentos conciliares y el magisterio pontificio.  Como expresa la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo “Alegría y Esperanza”, nada verdaderamente humano le es ajeno ya que se siente llamada a compartir los gozos, las esperanzas y también los sufrimientos de los pueblos y a anunciarles, desde dentro, la Buena Nueva de Nuestro Señor Jesucristo  (Cf GS 1).

¿Cómo se comportó Jesús frente al imperio romano?

Jesús rechazó el poder opresivo y despótico de los jefes sobre las Naciones (cf. Mc 10,42) y su pretensión de hacerse llamar bene- factores (cf. Lc 22,25). En la diatriba con los fariseos y partidarios de Herodes sobre el pago del tributo al César, el Nazareno afirmó que es necesario “dar a Dios lo que es de Dios”, condenando implícitamente cualquier intento de divinizar y absolutizar el poder temporal: sólo Dios puede exigir todo del hombre (cf. Mc 12,13-17; Mt 22,15-22; Lc 20,20-26).

Jesús, el Mesías prometido, antes de iniciar su ministerio público, rechazó la tentadora oferta de Satanás de implantar un mesianismo político, caracterizado por la resistencia violenta a los invasores romanos, la liberación del territorio palestino por medio de la guerra y la imposición de su dominio por la fuerza sobre las Naciones circundantes (Cf. Mt 4,8-11; Lc 4,5-8). A los discípulos que discutían sobre quién es el más grande, el Señor les enseñó a hacerse los últimos y a servir a todos (cf. Mc 9,33-35), desactivando así toda pretensión de organizar la comunidad sobre conceptos como la superioridad y la escalada del poder.

¿Cuál es entonces la posición de la Iglesia sobre el imperialismo?

El Papa Pio XI en la Encíclica “Quadragesimo Anno”, alerta sobre el “imperialismo internacional del dinero” (No 212), término reasumido luego por Pablo VI en su Encíclica social “Populorum Progressio” (PP 26). Uno de los documentos magisteriales que más ampliamente aborda esta temática y  más menciones hace de esta realidad es la “Sollicitudo Rei Socialis” SRS) de San Juan Pablo II (Cf entre otros NN 19-22,39).  En el Magisterio latinoamericano y caribeño de las Conferencias Generales de sus episcopados, encontramos alusiones directas a este  grave pecado social. Medellín en su Documento sobre la Paz denuncia“el imperialismo de cualquier signo ideológico que se ejerce en América Latina en forma indirecta y hasta con intervenciones directas” (M 2,10).  Puebla, cuando analiza las diversas visiones sobre el hombre, presenta la visión economicista y las expresiones imperiales tanto del liberalismo económico (P 312) como del colectivismo marxista (P 313). Santo Domingo denuncia la cultura de la muerte y “el imperialismo anticonceptivo que consiste en imponer a pueblos y culturas toda forma de contracepción, esterilización y aborto “(SD 219). Aparecida finalmente señala las bondades del fenómeno globalizador pero también alerta sobre sus graves amenazas en el campo financiero y cultural (DA 66).

Examinaremos a continuación la posición de la Iglesia y sus enseñanzas y postulados sobre las diferentes formas que ha ido adoptando el imperialismo en los campos de la política, de la economía y de la cultura en esta era globalizada. En su argumentación se apoya en principios propios y en los derivados del Derecho internacional, principalmente en el reconocimiento y respeto de la soberanía de cada nación al mismo tiempo que el ineludible deber de  cooperar entre si y el de promover todas las formas legítimas de integración que propendan a la consecución del bien común universal, de la fraternidad y de la paz.

Estos temas han sido abordados por la Constitución Pastoral del Concilio Vaticano II, “Gaudium et Spes” (GS) y el Magisterio de san Juan XXIII, el beato Pablo VI, San Juan Pablo II y Benedicto XVI. Toda esta rica enseñanza se encuentra condensada en el “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia” (2004) del Pontificio Consejo Justicia y Paz.  El Papa Francisco le ha otorgado amplio espacio en su Exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” (2013) y su Encíclica  “Laudato Si” sobre el cuidado de la casa común (2015).

Reglas fundamentales de la posición de la Iglesia en esta materia:

Hay que afirmar sin ambages, desde el principio, que la Iglesia condena al IMPERIALISMO que invade y somete militarmente a las naciones y  todas las formas de NEOCOLONIALISMO económico o cultural, que son un rostro moderno del imperialismo (Cf. Compendio de la DSI Nº 366).

El principio rector para apreciar la posición de la Iglesia es el siguiente: cuando el poder humano se extralimita del orden querido por Dios y no lo coloca a Él en primer lugar y por encima de todo, se ve entonces tentado de ocupar su lugar, de auto-divinizarse y reclamar de los más débiles absoluta sumisión: se convierte entonces en la Bestia del Apocalipsis, imagen del poder imperial perseguidor, ebrio de « la sangre de los santos y la sangre de los mártires de Jesús » (Ap 17,6).

He aquí las principales reglas que presenta el Compendio (NN 433-439):

  • La Centralidad de la persona humana y la natural tendencia de los pueblos a estrechar relaciones entre sí.
  • La convivencia entre las naciones se funda en los mismos valores que deben orientar la de los seres humanos entre sí: la verdad, la justicia, la solidaridad y la libertad.
  • La Comunidad internacional es una comunidad jurídica fundada en la soberanía de cada uno de los Estados miembros, sin vínculos de subordinación que nieguen o limiten su independencia.
  • Se reconoce el valor de la soberanía nacional pero no es sin embargo un bien absoluto. Las Naciones pueden renunciar libremente a algunos de sus derechos en orden a lograr un objetivo común, con la conciencia de formar una familia.
  • Para realizar y consolidar un orden internacional que garantice eficazmente la pacífica convivencia entre los pueblos, la misma ley moral que rige la vida de los hombres debe regular también las relaciones entre los Estados.
  • “En definitiva, el derecho internacional «debe evitar que prevalezca la ley del más fuerte”.
  • Una política internacional que tienda al objetivo de la paz y del desarrollo mediante la adopción de medidas coordinadas, es más que nunca necesaria a causa de la globalización de los problemas” (442).
  • Necesitamos fortalecer la conciencia de que somos una sola familia humana” (LS 52)

Imperialismo político

La Doctrina Social de la Iglesia destaca que el  “sujeto de la autoridad política el es PUEBLO, considerado en su totalidad como titular de la soberanía” (CDSI Nº 395).

Ahora bien, “El pueblo no es una multitud amorfa, una masa inerte para manipular e instrumentalizar, sino un conjunto de personas, cada una en su propio puesto y según su manera propia” (CDSI Nº 385).

En ese sentido uno de los principios rectores de la Doctrina Social de la Iglesia es el Bien Común, entendido como el “conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más  pleno y más fácil de su propia perfección (GS Nº 26)” (CDSI Nº 164).

Por tanto, “la responsabilidad de edificar el Bien Común compete a las personas particulares y también al Estado, porque el bien común es la razón de ser de la autoridad política” (CDSI Nº 168), sea nacional o internacional.

Destaca la DSI que “para lograr el Bien Común, el gobierno de cada país tiene el deber específico de armonizar con justicia los diversos intereses sectoriales (CDSI Nº 168).

La GS reseña: “Todos los cristianos deben tener conciencia de la vocación propia que tienen en la política. En virtud de esa vocación están TODOS OBLIGADOS a dar  ejemplo de responsabilidad y de servicio al BIEN COMÚN (CDSI Nº 75).

Afirma el Compendio de la DSI que las orientaciones que deben inspirar la acción política de los cristianos son: “la búsqueda del bien común, el desarrollo de la justicia con atención a las situaciones de pobreza y sufrimiento, el principio de la subsidiariedad y la promoción del diálogo y de la paz en el horizonte de la solidaridad” (CDSI Nº 564).

Para el papa Francisco en su encíclica “Laudato Si” en las condiciones actuales de la sociedad mundial, donde hay tantas inequidades y cada vez son más las personas descartables, privadas de derechos humanos básicos, el principio del bien común se convierte en un llamado a la solidaridad y en una opción preferencial por los más pobres” (LS N 158).

La Iglesia, a través de su Doctrina Social, apuesta por la DEMOCRACIA, pues “asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus gobernantes, o bien de sustituirlos oportunamente de manera pacífica” (Centesimus Annus Nº 46).

Para la Iglesia una auténtica democracia solo es posible en un ESTADO DE DERECHO (Cf. Centésimus Annus Nº 46).

Subraya que en Democracia es imprescindible ALTERNANCIA DE LOS DIRIGENTES POLÍTICOS, con el fin de evitar que se instauren privilegios ocultos.

De igual manera, “responde a las exigencias de la misma naturaleza humana una organización jurídico-política de las comunidades humanas, fundada en una conveniente DIVISIÓN DE LOS PODERES” (Pacem in terris Nº 68).

Es muy importante recordar, al hablar del Imperialismo político, el principio de la SUBSIDIARIEDAD, el cual establece que “no se puede quitar a los individuos y darlo a la comunidad lo que ellos pueden realizar por su propio esfuerzo e industria, así tampoco quitar a las comunidades menores e inferiores lo que ellas puedan hacer y proporcionar y dárselo a una sociedad mayor” (CDSI Nº186).

Este principio “protege a las personas de los abusos de las instancias sociales superiores e insta a estas últimas a ayudar a los particulares y a los CUERPOS INTERMEDIOS  a desarrollar su tareas” (CDSI Nº187). Atenta por ejemplo contra este principio la pretensión de las grandes potencias que bajo el pretexto de cuidar la Amazonía continental pretenden atentar contra las soberanías nacionales (Cf LS 38).

Todos estos fundamentos básicos de la visión de la Iglesia sobre la política son aplicables tanto a la vida nacional como a las relaciones internacionales.

Se trata de construir el Bien Común entre las diversas naciones, respetando las instituciones democráticas y las leyes, para armonizar los diversos intereses particulares en función del bienestar de todos.

Imperios enemigos de la Paz

Uno de los efectos más perniciosos de la tentación imperialista es la promoción de la violencia, con su más alta expresión en la guerra tal como lo estamos viendo por ejemplo en la pretensión del ISIS de implantar un Califato Islámico mundial.

Se sacrifica la paz de los pueblos en aras de conseguir tierras, recursos minerales y hasta someter a poblaciones enteras para asegurar mano de obra y materas primas a muy bajo costo. Surgen así incluso nuevas formas de esclavitud que han sido también denunciadas por el magisterio católico. Habría que leer en estas perspectivas las concesiones mineras omnímodas que se le han otorgado a compañías chinas en el sur de nuestro país.

La Doctrina Social de la Iglesia considera que “no se puede olvidar que una cosa es utilizar la fuerza militar para defenderse con justicia y otra muy distinta querer someter a otras Naciones“(CDSI Nº500).

La potencia bélica no legitima cualquier uso militar o político de ella. Y una vez estallada la guerra lamentablemente, no por eso todo es lícito entre los beligerantes (Cf CDSI ibídem). En la “Evangelii Gaudium” el Papa Francisco señaló que la PAZ no  se reduce a una AUSENCIA DE GUERRA, fruto del equilibrio siempre precario de las fuerzas” (EG  Nº 219), tampoco es “una mera ausencia de violencia lograda por la imposición de un sector sobre los otros” (EG Nº 218). Es por ello que una paz que “no surja como FRUTO DEL DESARROLLO INTEGRAL DE TODOS (subrayado nuestro), tampoco tendrá futuro y siempre será semilla de nuevos conflictos y de variadas formas de violencia” (Cf EG  Nº219).

Imperialismo económico

Junto al Imperialismo político es necesario abordar también el impacto de los modelos económicos impuestos por las empresas transnacionales y los países poderosos sobre la vida en las naciones pobres, llamadas del Tercer Mundo.

Así como la DSI rechaza la explotación de los pobres por los más ricos, de los obreros por los patronos y de los sin tierra por los latifundistas y terratenientes, aborda también el tema de las relaciones internacionales, abogando a favor de los países subdesarrollados, sometidos al peso de la explotación imperialista. Exige una distribución equitativa de los recursos.

La Populorum Progressio (1966)  denuncia que las naciones altamente industrializadas exportan productos elaborados y los subdesarrollados solamente materias primas; y mientras que los primeros aumentan rápidamente de valor, los precios de las materias primas sufren muy pocas variaciones y muy lejos de aquellas. De igual forma, en el mismo documento Pablo VI alertó que los pueblos pobres permanecen siempre pobres y los ricos se hacen cada más ricos.

El pensamiento y la praxis sociales de la Iglesia señalan como causantes del subdesarrollo, de la pobreza y de la degradación de los seres humanos, a las estructuras de Pecado, que son las situaciones permanentes de injusticia (Sollicitudo Rei Socialis (SRS) Nº 36), que se alimentan del Pecado Social, es decir del que se comete contra los derechos humanos y el bien común (Compendio de la DSI Nº 117-119).

El Papa Francisco en la Encíclica “Laudato Si’ “hizo un urgente llamado a transformar las estructuras sociales que en el mundo están generando miseria, exclusión y depredando el medio ambiente:

“La inequidad no afecta sólo a individuos, sino a países enteros, y obliga a pensar en una ética de las relaciones internacionales. Porque hay una verdadera «deuda ecológica », particularmente entre el Norte y el Sur, relacionada con desequilibrios comerciales con consecuencias en el ámbito ecológico, así como con el uso desproporcionado de los recursos naturales llevado a cabo históricamente por algunos países”  (LS N 51).

Con valentía el Papa Francisco denuncia en su Encíclica Verde el impacto del modelo económico actual sobre la preservación de la especie humana:

“El calentamiento originado por el enorme consumo de algunos países ricos tiene repercusiones en los lugares más pobres de la tierra, donde el aumento de la temperatura, unido a la sequía, hace estragos en el rendimiento de los cultivos. A esto se agregan los daños causados por la exportación hacia los países en desarrollo de residuos sólidos y líquidos tóxicos, y por la actividad contaminante de empresas que hacen en los países menos desarrollados lo que no pueden hacer en los países que les aportan capital” (LS N 51).

Añade el papa Latinoamericano: “Constatamos que con frecuencia las empresas que obran así son multinacionales, que hacen aquí lo que no se les permite en países desarrollados o del llamado primer mundo. Generalmente, al cesar sus actividades y al retirarse, dejan grandes pasivos humanos y ambientales, como la desocupación, pueblos sin vida, agotamiento de algunas reservas naturales, deforestación, empobrecimiento de la agricultura y ganadería local, cráteres, cerros triturados, ríos contaminados y algunas pocas obras sociales que ya no se pueden sostener” (LS N 51).

Esta comprobación tuve yo mismo la oportunidad de hacerla en algunas áreas de Las Claritas cuando mineros ilegales o empresas norteamericanas entregaron las concesiones o se retiraron del lugar. Aquello me impactó tremendamente porque me parecía estar contemplando un paisaje lunar.

Con claridad profética sentencia la Laudato Si’: “Mientras tanto, los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman la especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y el medio ambiente” (LS N 56).

Citando a Benedicto XVI en la “Caritas in Veritate” el Papa Francisco afirma: “Tenemos un «súper desarrollo derrochador y consumista, que contrasta de modo inaceptable con situaciones persistentes de miseria deshumanizadora»  y no se elaboran con suficiente celeridad instituciones económicas y cauces sociales que permitan a los más pobres acceder de manera regular a los recursos básicos”, afirma el Papa Bergoglio (LS N 109).

Otra expresión del neocolonialismo y el imperialismo económico es la Deuda Externa. En este particular, la Iglesia exige aliviar o cancelar la DEUDA EXTERNA de los países pobres pidiendo que se tenga presente la situación de las naciones penalizadas por las reglas de un comercio internacional injusto, en los que la persistente escasez de capitales se agrava, con frecuencia por el peso de la citada deuda.

Precisa el Magisterio Católico que la Deuda Externa se traduce en hambre, miseria, gracias a un mecanismo perverso de explotación y usura, por medio del cual los países pobres deben pagar en intereses mucho más de lo que recibieron en préstamo y siempre siguen como deudores (Cf. Compendio de la DSI Nº 450).

También rechaza los TRATADOS DEL COMERCIO INTERNACIONAL que a causa de políticas proteccionistas, discriminan los productos procedentes de los países pobres y obstaculizan el crecimiento de actividades industriales y la transferencia de tecnología hacia esos países (Sollicitudo Rei Socialis Nº 43).

En la Evangelii Gaudium el Papa Francisco expresó: “Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las CAUSAS ESTRUCTURALES DE LA INEQUIDAD, no se resolverán los problemas del mundo” (EG  Nº 202; Cf 206).

Imperialismo cultural

San Juan Pablo II alertó a la humanidad sobre los riesgos de la ola global: “La Globalización no debe ser un nuevo tipo de colonialismo: debe respetar la diversidad de la culturas y no tiene que despojar a los pobres de lo que es más valioso para ellos” (Discurso a la Pontifica Academia de Ciencias Sociales. 2002).

Durante toda la historia de la humanidad, los pueblos han tenido una identidad propia, caracterizada por su cultura, la cual ha implicado el reconocimiento de expresiones propias en su relación con Dios, con los semejantes, con la naturaleza y, en general, consigo mismos y con la vida.

El intercambio globalizado que vivimos está transformando esta realidad; aunque se despierta la voluntad de no perder la propia identidad (lo que suele llamarse la glocalización frente a la globalización), la tendencia dominante busca una homologación de visiones y actitudes. Es impresionante como por ejemplo el lobby internacional quiere erradicar la ética judeo-cristiana e implantar a rajatablas la salud reproductiva, nuevos conceptos de género, de matrimonio, la adopción de niños por parejas homosexuales, el aborto sin restricción alguna, la eutanasia y la manipulación genética con embriones entre otros. Es el imperio inmoral o amoral del “tout est permis” junto con el “laissez faire laissez passer”

América Latina y El Caribe es un continente especialmente plural y una escuela de convivencia intercultural; la informática hace más visibles las diferencias y, a la vez, facilita la defensa cultural de muchas comunidades humanas que han sido maltratadas por siglos, aprovechando el aislamiento en el que se encontraban; en este sentido, la informática se convierte en un vehículo que enseña a respetar y a tolerar.

La tecnología aplicada a la información, la comunicación y el entretenimiento están creando una nueva cultura. El cine, la radio, la televisión y la red informática (internet), constituyen una de las influencias sociales más expansivas de la historia que repercute, para bien o para mal, en todas las áreas de la vida humana, tanto en los países prósperos, como en nuestros países latinoamericanos.

CONCLUSION.

La superación del imperialismo es la interdependencia e integración de las naciones, en un mismo pie de igualdad y respeto de sus respectivas soberanías. Quiero subrayar una vez más que la condena al Imperialismo no puede confundirse con una actitud de negación al intercambio con otras naciones, al diálogo cultural, al establecimiento de alianzas de cooperación y  a la integración entre los pueblos, que son por el contrario necesarios para apalancar el desarrollo humano, integral y solidario.

Un mundo interdependiente no significa únicamente entender que las consecuencias perjudiciales de los estilos de vida, producción y consumo afectan a todos, sino principalmente procurar que las soluciones se propongan desde una perspectiva global y no sólo en defensa de los intereses de algunos países. La interdependencia nos obliga a pensar en un solo mundo, en un proyecto común. Como lo decíamos más arriba citando al Papa Francisco, con la conciencia de que formamos una sola familia y de que la casa planetaria es común.

Debemos escuchar al Papa Francisco, quien afirma que “para afrontar los problemas de fondo, que no pueden ser resueltos por acciones de países aislados, es indispensable un consenso mundial que lleve a programar una agricultura sostenible y diversificada, a desarrollar formas poco contaminantes de energía, a promover una gestión más adecuada de los recursos forestales y marinos, a asegurar a todos el acceso al agua potable” (LS N 164).

Las relaciones entre Estados deben resguardar la soberanía de cada uno, pero también establecer caminos consensuados para evitar catástrofes locales que terminarían afectando a todos. Hacen falta marcos regulatorios globales que impongan obligaciones y que impidan acciones intolerables (CF LS N 173).

El horizonte final que ha de orientar todas nuestras reflexiones sobre esta materia y los esfuerzos que como cristianos emprendamos en los diferentes niveles asociativos en los que nos movamos así como en los diversos campos de la actividad humana, ha de ser la vocación universal del cristianismo. Nuestro cristianismo es católico, no generador de sectas, ni de ghettos, ni de clubes exclusivos y excluyentes. Dice el No 432 del Compendio: “El mensaje cristiano ofrece una visión universal de la vida de los hombres y de los pueblos sobre la tierra, que hace comprender la unidad de la familia humana. Esta unidad no se construye con la fuerza de las armas o de la prepotencia, es más bien el resultado de aquel supremo modelo de unidad, reflejo de la vida íntima de Dios. Uno en tres personas…que los cristianos expresamos con la palabra “comunión” y una conquista de la fuerza moral y cultural de la libertad”.

Que Santa María del “SI”, Madre de Dios y Madre nuestra, mujer profética que cantó en su Magníficat  la misericordia salvadora de Dios “que derribó de su trono a los poderosos” (cf Lc 1,52), camine como signo de esperanza en medio de nuestro pueblo que sufre dolores de parto hasta que brote la justicia (EG 286). Que ella nos comunique su disponibilidad incondicional y su presurosa y valiente disposición para hacer presente a Jesús en nuestras realidades y ser nosotros también alegres portadores de la buena nueva del Señor que construye la verdadera comunión fraterna basada en el amor. Amén. Hasta mañana en el altar.

San Félix, 19 de agosto de 2015

+ Mons. Ubaldo R Santana Sequera FMI  – Arzobispo de Maracaibo (Venezuela)

Fuente: Aula DSI

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