Dadas las cifras de desigualdad y exclusión del consumo que analizábamos al comienzo, la implentación de alternativas a la globalización capitalista se presenta como una exigencia ética de primer orden. Muchas de ellas ya están en marcha: grupos de producción comunitaria, comercio solidario, financiamiento solidario, sistemas locales de empleo y comercio, economía de comunión, autogestión de empresas por los trabajadores, consumo crítico, las organizaciones de marca y la difusión de softwares libres. Nos detendremos brevemente en algunas de ellas:

Grupos de consumo. La gestión colectiva facilita la compra directa a los proveedores; así, producción agrícola familiar, promoción del cooperativismo; etc.

Comercio justo. Algunos productos no podemos adquirirlos directamente del productor, pues éste se encuentra en países distantes: es lo que sucede con productos tropicales, como el café. En estos casos, es necesario un intermediario; pero éste puede ser más confiable. Puede ser una ONG que trabaja sobre el terreno con los productores y garantiza así la sostenibilidad ambiental de los cultivos y condiciones dignas para los trabajadores. Con estas premisas nació en los años 60 el comercio justo; pero en los últimos años su crecimiento fue tal que atrajo a las grandes empresas, que comenzaron a sacar líneas específicas de comercio justo. En estos casos, si bien los productores suelen ser mejor pagados que en los productos convencionales -es necesario para conseguir el sello de Fair Trade o Comercio Justo-, se pierden cuestiones esenciales que estaban en los orígenes del comercio justo, como el foco en la autonomía de las comunidades. No todo producto de comercio justo es igual: es necesario, una vez más, informarse para saber de dónde proceden esos productos.

Banca ética. Tendencia en alza en Europa, entidades financieras como Tríodos Bank garantizan que nuestros ahorros irán a parar al financiamiento de proyectos solidarios y ecológicos. Una de sus principales virtudes es recordar a los consumidores que no sólo tienen impacto socioambiental los bienes y servicios que consumimos, sino también la elección del banco en el que depositamos nuestros ahorros. La banca ética ofrece transparencia en sus cuentas e inversiones, aunque, tal vez, los intereses que perciben los ahorradores sean menos generosos.

Bancos de tiempo y monedas sociales. Ganan adeptos en tiempos de crisis, como en la España posterior a 2008. Los bancos de tiempo proponen el intercambio de servicios sin que medie el dinero; las monedas sociales son una alternativa a la moneda de curso legal que facilita la aproximación de la producción y el consumo. Muchas iniciativas de monedas sociales se orientan a promocionar el desarrollo local y la aproximación de producción y consumo.

Autogestión de los trabajadores. Entre las formas de autogestión, la más conocida son las cooperativas. En su forma más avanzada, las cooperativas apuestan por una gestión horizontal y la toma de decisiones democrática.

Consumo colaborativo. Tendencia al alza en España, que consiste en compartir o intercambiar casas, medio de transporte; etc. En algunos casos se ha convertido en un negocio (ej. Uber) y ha generado polémica entre quienes lo denuncian como una forma de competencia desleal. Más información aquí.

Software libre y copyleft. Colocan en el centro del debate una cuestión urgente: la privatización y la monopolización del conocimiento que acometen las grandes empresas del sector informático en la era de Internet, en la que lo que no aparece en Google, no existe.

Sobran, en definitiva, las pruebas de que el actual modelo de desarrollo, basado en la depredación de la naturaleza y en la explotación creciente del trabajo humano, es insostenible y nos lleva hacia el colapso, como señalan Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes en En la espiral de la energía. Como dice el teólogo brasileño -y uno de los padres de la ecología política- Leonardo Boff, “el capitalismo prefiere ser suicida que cambiar”: es así necesariamente, porque, si el sistema pusiera la vida por encima de la reproducción del capital, entonces ya no sería capitalismo, sería otra cosa. Lo extraño es que los seres humanos sigan siendo capaces de pensar en el fin del mundo antes que en el fin del sistema capitalista. Y sin embargo, muchos comienzan a ser capaces de vislumbrar otros mundos posibles; es más, comienzan a crear esos nuevos mundos a través de pequeños gestos que modifican nuestros modos de producción, comercialización, distribución y consumo, y por tanto, alteran nuestra forma de relacionarnos con la naturaleza y con los demás seres humanos.

Lo supo anticipar ya Marx en sus Manuscritos: “El grado de conciencia al que aspira la clase obrera, necesario para la transición revolucionaria, es nada menos que el que permite liberarse de un sistema de necesidades basado en la necesidad de poseer cosas, y donde la lógica de la propiedad privada lleva a que la satisfacción por excelencia pase sólo por la apropiación individual del bien, para ser propietario: usar, consumir, mostrar y usufructuar eso deseado”. Necesitamos consumir, pero no estamos obligados a hacerlo del modo que la televisión y las empresas multinacionales nos dicen que hagamos. Entendernos como sujetos libres, y entender el mundo en que vivimos como una realidad histórica y por lo tanto modificable, es el primer paso para cambiar el mundo. Si otro consumo es posible, otra economía es posible, y otro mundo es posible.

*Ilustración tomada de Cerai.

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