Una visita al despacho del director de la Fundación Vicente Ferrer en España

Habla poco a poco. A menudo calla pensativo. Conversa de tú, mirando a los ojos. Jordi Folgado Ferrer (Calella, 1947), director de la Fundación Vicente Ferrer en España, se parece, además, y mucho, a Vicente Ferrer: pelo corto, blanquecino; rostro estrecho; alto; muy delgado.

Saluda con un fuerte apretón de manos. Sonríe siempre.

Vicente, Vicenç, hermano de cuatro chicos y una chica –la madre de Folgado–, falleció en la rural y pobre ciudad india de Anantapur en 2009. Allí iniciaba en 1969 la oenegé que lleva su nombre. Y en ésta trabajan hoy más de 2000 personas. La mayoría nativos. Junto a ellos hay miles de socios, colaboradores, beneficiarios. Todos comparten como propósito la lucha contra la pobreza.

Aunque todo comenzó –nos relata Folgado– en familia.

Jordi Folgado Ferrer, en el escritorio de su despacho
Jordi Folgado Ferrer, en el escritorio de su despacho (Manuela Sanoja)

El despacho, en una tercera planta de un edificio de la Esquerra de l’Eixample de Barcelona, no destaca por nada. Plagado de columnas, uno abre la puerta y apenas encuentra un angosto pasillo decorado con fotos antiguas y el diploma del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia de 1998. A la derecha y a la izquierda, mesas para la administración e incluso un limitado call-center. La sede central de la Fundación es, ante todo, funcional, blanca, humilde.

Desde allí –sigue Folgado– se coordina la captación de los recursos en España. Desde hace apenas meses también el tentáculo de Estados Unidos. Y en breve el de Alemania. Todos tienen como destino a la India.

“Tenemos la responsabilidad de conseguir recursos, y ellos de aplicarlos”. Se refiere a Anna y a Moncho. A la mujer y al hijo de Vicente Ferrer. “Debemos intentar llegar a lo máximo que nos sea posible”, insiste.

De Calella a Anantapur, en un viaje de idas y vueltas

Folgado cuenta que la primera vez que visitó India tenía 25 años. Era 1972. Y de eso hace ya mucho. “Aquello era un desierto, no había nada”, relata. Es allí donde conoció de primera mano la labor de su tío. Repitió tres años seguidos. “Carecían de todo: luz, agua… Era un desafío al que había que encontrar soluciones”.

Él volvió a Calella, a la labor familiar, el comercio, y luego a la administración pública – “una etapa premonitoria” de la Fundación, señala. Su labor se limitaba a acompañar a Vicente cuando venía a España. Iban en coche donde hiciera falta con tal de conseguir recursos.

“Un día Vicenç me dijo: ahora me ayudarás más”. Era 1996. No dijo que sí. Optó por volver de nuevo a la India y comparar. Si le convencía diría que sí. “Me convenció”. Era el origen de la sede española de la Fundación para intentar lograr ingresos estables. Él sería su primer director.

Este año cumple su 20 aniversario.

Éste es el lugar de trabajo de Jordi Folgado Ferrer
Éste es el lugar de trabajo de Jordi Folgado Ferrer (Manuela Sanoja)

Hoy (admite entre los papeles desordenados de una mesa rodeada por fotografías y recuerdos y un PC que lanza ligeros pitidos a los que se hace caso omiso) las carencias siguen existiendo. La pobreza es un drama cotidiano para millones de personas pese al desarrollo tecnológico de los últimos años en una zona cercana a Bangalore. Lo resume así: “Es como un tren de alta velocidad que pasa y al que no puedes subir”. Suben los impuestos y no los salarios. “Pero no hay pobreza, hay pobres”, recuerda desde un respaldo con vistas a un interior de manzana en el que destacan las ropas tendidas. “Sólo uno a uno se llega a mil”.

Fuente: La Vanguardia

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