Hace unos días un titular de Europapress me llamó la atención: ¿Cuánto vale un refugiado? Así es, la Unión Europea a fecha de 4 de mayo ha puesto precio a una persona, en concreto 250.000 euros. Gente que, en teoría, se reúnen casi a diario para encontrar una solución a los refugiados dicen que un ser humano tiene precio. Gente que en teoría han jurado cumplir los Derechos humanos han decidido que una persona tiene precio, pero si yo le digo a esos dirigentes que sus hijos tienen precio, ¿a que se negarían?

En Europa viven 742 millones y medio de personas y el año pasado llegaron a este continente 1,2 millones de inmigrantes, y dicen que no hay hueco y que tienen que volver a un país en guerra de donde han salido huyendo. Nadie abandona su casa por gusto propio, la abandona por desesperación y la abandona jugándose la vida atravesando el mar en balsas de juguete o recorriendo miles de kilómetros a pie, y en muchas ocasiones, pierden a sus familias por el camino. Pero una vez conseguida la meta, dicen que no hay hueco o que sus vidas y su esfuerzo tienen precio.

Hace poco menos de un mes la hermana Jesua daba su testimonio de cómo estaban las cosas por Siria. Lo que más me impresionó fue que las personas que sobreviven en un país en guerra siguen yendo al colegio esquivando balas o entre el ruido de las bombas que caen más cerca de lo que se imaginan. Unas chicas universitarias se gradúan en la facultad de medicina en medio de los disparos para intentar salvar la vida a los que la rodean. Estas chicas muchas veces estudian con las luces del móvil porque el generador ha sido bombardeado y un día más no tienen electricidad.

Quiero que se pongan en la piel de ese niño que no puede ir al médico, porque han destrozado otro hospital más en Alepo con el único pediatra que quedaba vivo en la ciudad, y por supuesto, en la del padre que da la vida por su hijo. Ese padre que quiere un futuro mejor para su hijo como cualquier padre, pero al salir del país le dicen que no, que se tiene que quedar en un país arrasado porque los políticos de la Unión Europea han decidido que no caben. Muchos menores llegan solos a Europa o duermen con sus padres por temor a quedarse solos, por temor a que caiga una bomba, ese estruendo que no somos capaces de imaginar, el hecho de que las paredes tiemblen, el sobrevivir día a día pensando que puede que sea el último, pero nosotros no le abrimos la puerta.

Una guerra que hace 5 años decían los propios sirios que era imposible que llegara y ahora hay dos guerras, la de los despachos de los políticos y la de las armas, pero ninguna tienen una solución aparente.

Se que les he contado muchas realidades en un breve periodo de tiempo, pero en definitiva lo que quiero que piensen es si un ser humano vale menos que un piso en la Gran Vía madrileña o la casa de muchos de los políticos que en teoría están buscando una solución. Y que piensen que los europeos una vez también tuvimos que huir y no fue hace tanto tiempo.

Laura Ucelay Zárate

Fuente: AlfayOmega

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